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Radio Progreso

Cortar el mal de raíz

Sep 27, 2017

Siempre supuse que jamás eran de fiar, que son el peor gasto de un país y que su existencia es el inicio de un fracaso estatal. Gobierno que invierte en militares está condenado a la guerra, sociedad que sustenta su desarrollo en la disciplina militar termina siendo esclava de quien la debió liberar. Los militares no constituyeron – hasta ahora – ninguna esperanza para los pueblos, al contrario, son la suma de muchas desgracias que pesan sobre la historia social como huellas de dolor y de muerte. De esto habla, por ejemplo, la historia pasada y reciente de Honduras. Sin embargo, no aprendemos, dice un refrán popular que el ser humano es la única criatura que mete la pata en el mismo agujero una, dos y muchas veces. Y nosotros los hondureños y hondureñas, con el asunto de los militares, la hemos metido muchas veces. 

Han sido los militares a lo largo de la historia hondureña los que dieron los golpes de Estado. Los que montaron la más larga dictadura (la de Carias) y los que sembraron el terror y la muerte en las décadas 60,70, y 80. Fueron los militares - con sus uniformes y armas pagadas por el pueblo - quienes asesinaron el cuerpo buscando silenciar la palabra. Los que mataron la posibilidad de una sociedad mejor y justa, los que se vendieron a los grandes conglomerados internacionales y finalmente los que se prestaron para la guerra sucia contra quienes soñaron que Honduras podía ser mejor.

Los que debieron dar estabilidad política fueron los que la rompieron, los que debieron proteger la integridad soberana la dividieron y cuando les tocó proteger la Constitución de la República, la pisotearon. Los que debieron defender el Estado de Derecho son los que doblegaron la democracia. La guerra fría de los ochentas y sus desaparecidos, los que se fueron al exilio, los que mandaron al cementerio y los aniquilados por escuadrones de la muerte en los inicios de los noventa son una muestra del horror que causa el militarismo en las sociedades. Fueron los militares quienes pintaron de sangre la historia, llenan de muerte el presente y para colmo, el señor presidente, los quiere de profesores en las escuelas donde se construye el futuro de mi gente. 

Todos celebramos la valentía del ex presidente Reina cuando les quitó el fuero y los degradó al mando civil, aquel glorioso 95, pero no fue suficiente. Debió abolirse de plano, borrarlos de la historia nacional, pues los militares han demostrado ser como las plagas invasoras que hoy se controlan, pero pronto emergen con otras fuerzas y más poder. Un ejemplo de esto es el golpe de Estado de 2009, treinta años después de autorizada la democracia y cuando todo mundo creía que eso era historia pasada. Los militares jamás, pero jamás, serán una institución de fiar y de esperanza para nuestro pueblo, ni siquiera en época de guerra.

En los últimos años los militares han vuelto con fuerza. Los enrabiaron de nuevo y los mandan a morder al pueblo, a ese pueblo que no ha dejado de soñar con una Honduras mejor. En el Valle del Aguan tienen la misión de sembrar el terror y cuidar los intereses del dinero. La gente, la que se constituye como su razón fundamental de ser, y para la que deben salvaguardar la soberanía ha sido relegada por el dinero y el poder. Y como ahí, en ese Aguan que me duele, los militares cumplen esa tarea en todo el territorio nacional donde los campesinos y campesinas quieren construir una esperanza.

Actualmente los militares, fieles a su práctica del terror y con aval del presidente de Honduras, están en todos los espacios públicos, frente a las instituciones de -Estado encargadas de algún servicio social y donde el presidente los necesita para asegurar su proyecto continuista, cuyo sustento es el miedo del pueblo. Pero su discurso es el mismo “estamos para protegerle a usted y salvaguardar a la patria”. Pero ese usted no es el pueblo es el poder económico, político, religioso, oculto y criminal que en muchos casos acá, en Honduras, suele ser lo mismo. Y se hacen el silencio ante un hecho que en el 2009 usaron como excusa para el golpe de Estado, el continuismo en el poder, la amenaza ante la posibilidad de violentar la alternancia en el poder.

La situación de Honduras con Juan Orlando Hernández es de dos vías que se hacen posibles desde una fidelidad a la doctrina militar en la que ha sido formado y por ende asume como suya. La primera va en la dirección del establecimiento de un modelo de manejo del poder autoritario y legítimamente establecido y la otra la devolución del poder a los militares que, paulatinamente lo han venido tomando, no solo desde el manejo y control de las armas y el territorio, sino desde una legislación a su favor impulsada por los tres poderes del Estado. Sin embargo, lo que realmente preocupa es que se les está dando tanto o más poder del que ostentaron en la década de los ochenta. Se está volviendo a imponer su presencia desde los medios de comunicación en donde se les inventa guerras que justifican su existencia y se criminaliza a la población para que ellos, en su corta capacidad de pensamiento, los asuman como los malos, los enemigos en su guerra inventada.

Los militares, me parece a mí, no solo son uno de los principales problemas de Honduras, sino el más importante. En ellos descansa el terror que se infunde en la sociedad y con ellos se promueve el continuismo de Juan Orlando Hernández. Enfrentamos un problema de odio generado por el bajón de rango que se les dio aquel 95 y por ende su actitud jamás será con el pueblo, por que entonces aquel presidente dijo que lo hacía por el bien del pueblo. Tanto dinero, tantos recursos, tantas ventajas sobre otras instituciones son solo la prueba del control del poder que tienen y del que seguramente ni el mismo Juan Orlando Hernández está dimensionando. 

Sin embargo, el pueblo sigue siendo el soberano. Los hondureños y hondureñas hemos de volver, enfrentar y contrarrestar ese poder. Tarde o temprano, ojalá más temprano, cuando un gobierno diferente tome las riendas del Estado, si quiere asegurar su éxito debe reafirmar, de una vez por todas, la desaparición definitiva e impostergable de las Fuerzas Armadas que no son, sino, los principales enemigos del Estado de Derecho en Honduras.

Chaco de la Pitoreta

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