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Radio Progreso
Melissa Cardoza

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña.

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Martes, 28 Febrero 2017 11:25

Febrero

Febrero es así. Tiene esa belleza asoleada que produce árboles con enormes manojos de flores amarillas, rojas, rosadas. Se doran los marañones a la luz y una piensa si solo miro la belleza, si me detengo solo a mirar el color y el reflejo del sol, es posible que  pueda seguir viviendo y viviendo bien.

Pero febrero es duro, y el año pasado apenas, organizábamos un foro con Berta y ella siempre riendo por alguna cosa y preocupada por todo decía: No, compas, es que este país ya no, ya no, es increíble lo que pueden hacer estos cabrones golpistas. Y eso que no alcanzó a mirar lo que ahora miramos de estos cabrones golpistas y la enorme capacidad de destrucción que despliegan a su paso. 

Para entonces su  expresión:  Me van a matar, miren que se los digo desde ahorita, nos daba escalofríos y esa  sensación que no alcanzaron a nombrar las palabras de que era posible, pero queríamos que no se atrevieran,  pensamos que no lo harían, hacíamos lo que podíamos para que eso no  pasara,  y ella lo seguía anunciando. Sabía entonces que las empresas no perdonan a nadie que les eche a perder un negocio lucrativo, mucho menos  a un pueblo de indígenas escasos de riqueza y llenos de rebeldía,  que de remate  era liderado por una mujer,  una mujer indígena. 

No nos perdonan, eso no lo van a perdonar, compas, decía, cuando iba creciendo el acecho judicial, la persecución,  el deterioro de su nombre en las redes, en los medios de comunicación,  en su entorno, en las comunidades.  Puta, la llamaban, perra, asesina,  corrupta, traficante de armas, bruja, mala madre. La llamaron con todas las voces que decían desde el fondo de los siglos: ¡A la hoguera, quémenla, quémenla, quemen a la bruja!

Así fue. La mataron como lo anunció, como lo denunció, como lo dijo,  repetidas veces, tantas como no se pudo evitar. ¡Qué sabe el asesino de palabras!  Nombró Berta a los criminales y los cómplices porque fueron muchos.  Febrero fue el preludio de su muerte anunciada y de esta desolación colectiva que no nos abandona del todo, pese a la fuerza que sacamos de su pelo revuelto y su revuelto pensamiento vivo.  

Hoy vuelven las flores, el sol, la belleza que cada vez cuesta más mirar a los ojos, porque duele entre la muerte tan repetitiva y porque aunque rechazamos dejar de ser así de humanas, se nos escatima  la risa y el gusto simple de estar vivas.   

Seguimos sin ella y recordando sus palabras, este país ya no, nos van a joder, ya van a ver. Ahora nos avisan oficialmente que tenemos, como ella, la muerte anunciada. Nos están explicando cómo podemos terminar fácilmente presas o asesinados con la legalidad de su democracia  dictatorial que frente al mundo no provoca la indignación que se esperaría.  Nos cuentan que uniformados y asalariados del régimen van a poder señalar a cualquier inconforme como terrorista, que tendrán permiso para matarnos y para ilustrar la sabiduría de sus reformas penales, ponen de ejemplo a las y  los estudiantes, porque son el próximo tiro al blanco. Anuncian sus muertes, sus celdas.  

A esta altura, sabemos tal como lo supo Berta,  con certeza,  que vienen tras otras y otros, y seguro serán quienes no tienen como costumbre la negociación política  y la trampa. Ojalá podamos reaccionar con más astucia y no nos entreguemos fácilmente como esperan,  ojalá nos cobije su  valentía y alegría pura de saberse viviendo cada minuto del tiempo con  esa capacidad de disfrute- “Mejor comamos ahora, no vaya a ser nos maten estos cabrones” Y lo que parecía chiste nos divertía, en ese entonces. 

El escenario está puesto, con todas sus luces, nada queda en la sombra más que los sicarios y sus tiempos de alquiler. Aunque las actuaciones que ahora legalizan, son las que han ocurrido de facto, es necesario que los discursos y haceres vuelvan a pensarse,  y que lo más juntas y juntos posibles nos pongamos de pie con claridad no sobre lo que nos mandan a hacer ellos,  sino  lo que queremos  con estos días  arduos que nos toca vivir y que pese a lo difícil de tal acto, los vivamos bien, con la belleza de Berta de la mano.  

 

 

Melissa Cardoza, febrero 2017

 

Viernes, 27 Enero 2017 13:20

Feministas

Para Stefanny O. Tomé, la joven feminista capitalina

Le pese a quién le pese, le duela a quién le duela, acá seguimos las feministas hondureñas. Enero nos recuerda la memoria de la fuerza, las fragilidades, las enormes y dolorosas ausencias, la energía de este movimiento que hace plantones, presenta libros, entrega premios, habla en la radio, relata informes, denuncias. Movimiento que baila, siente y reflexiona. Imparable, inclaudicable, valiente y emotivo en muchos lados del país de modos distintos. 

No importa lo que se diga tras las bambalinas de otros poderes, sean mucho o poco  eréctiles. No importa cuánto nos desacrediten acusándonos, como lo hacen los asustados, de enemigas, infiltradas, agentes de la cia, histéricas, desviadas de sus proyectos políticos cada vez menos creíbles. Da lo mismo si nos echan a sus chepos, sus abogados, y sus gánster armados. Machos todos, a la izquierda y a la derecha del poder. Nos da igual porque seguimos en el terco avance de procesos organizativos, pensantes, actuantes, y aunque a ratos con pocas certezas,  no hemos de parar el ensayo y sus lecciones. Y si no somos nosotras, serán otras. Muchas otras. 

Feministas son las que dicen alto los nombres ante las opresiones, y por ello se les señala y persigue;  pero también las que no lo hacen así y han estado forjando los días  más dignos para las mujeres con alimentos, abortos, abrigos, refugio. Tienen rostro de doñas de pueblo, de señoras beatas, de vendedoras ambulantes, obreras de la maquila, profesoras, periodistas, conversadoras, curanderas, vecinas solidarias. Montones de mujeres feministas “clandestinas” que todavía no se dicen tal, pero nos han sostenido la respiración, la rabia, el conocimiento y de ahí que son parte de un movimiento nombrado para convocar a la necesaria transformación de las vidas. 

El año 2016 nos dejó malheridas, llenas de lágrimas, atragantadas de ira. Nos arrebató el año pasado a compañeras invaluables, absolutamente vitales para nosotras, y acá seguimos, aún nos queda el duelo, el enojo, la impotencia  y sus secuelas. Hay discusiones pendientes, muchas rutas para el hacer, más aún en tiempos electorales en que terminamos más divididas, pero se siente por todas partes una energía urgente para volver a un pacto en los móviles comunes de las luchas diferentes. 

Expresadas las diferencias, necesitamos enfrentar y repensar cómo voltearle la vuelta a los poderes, no necesariamente en su agenda o no sólo en ella. Necesitamos hablar para pelear, sin tregua,  contra los criminales, en vez que contar sus muertas y desgracias.  Quizá son los años, me digo, pero será que ya no necesito tanto sentir que tengo la razón, la única razón de la política feminista que por supuesto es la mía,  sino que preciso en esta hora pertenecer a alguna suerte de comunidad de mujeres para sostenerme con vida, una gran comunidad que mire por encima de los dictadores, sobre el horror de la muerte anunciada y confíe en la esperada justicia. 

Feministas, sí, a mucha y gozosa honra. No importa si entre nosotras nos arañamos el nombre y los actos, nada de eso nos va a matar, no son balas ni machetes las que nos recetamos como lo hacen ellos contra nosotras. 

Bienvenidas las feministas todas, donde quiera que estén, si son de ahora, de antes, de siempre. Las fundadoras, las herederas, las sin generación, las solitarias, las “arrimadas”, las ancestras,  las dudosas, las que se arrepienten, las jovencitas que nos llenan de orgullo con sus palabras.  

Son muchas décadas, nos necesitamos expresadas, distintas, conflictuadas, arrechas, creativas, pero nos necesitamos de vez en cuando juntas, siempre vivas, sentipensantes y activas. 

¡¡Larga vida al feminismo de Honduras!!

 

enero 2017

 

Miércoles, 14 Diciembre 2016 08:20

De fiesta

Cuán bonita la fiesta. Cuánto cura por dentro y por fuera, cuánto calma el desasosiego de los largos días de duelo y pérdida. Cuánta energía reparte a manos llenas  la risa por el gusto de reír, el gozo de estar juntas y juntos, la sensación plena de estar en fiesta común a partir de los horizontes éticos que nos juntan y nos sostienen.

Así estará por estos días la comunidad Radio Progreso, voces en lucha, luchas en voces diversas y rebeldes. Desde este espacio me uno a la celebración junto a las palabras que vienen ya caminando desde las rutas de la rebeldía para juntarse ahí en esa ciudad que sigue siendo un histórico lugar de ideas y actos transformadores.

Mucho tiempo y pensamientos han tenido que pasar para que por seis décadas se sostenga un medio que ahora se define como La voz que está con vos. Una radio que milita sin pena y con mucha gloria junto a los movimientos sociales, comunidades, personas que ponen su palabra al aire entre sus frecuencias.

Siendo un medio de información y comunicación que nace ligado a un proyecto religioso jesuita, una puede tener muchas dudas y preguntas sobre la posibilidad de distanciarse de ese proyecto, de hablar desde otros lugares espirituales y más aún desde los espacios abiertamente opuestos a estas institucionalidades religiosas. Y debo decir que ha sido extraordinariamente importante para mí como feminista radical proponer y reaccionar ante todos los temas y preocupaciones que me importan sin censura, y con el aliento explícito de este  equipo comunicador de este tiempo: fresco, reflexivo, poético y desafiante.

Creer en el diálogo y en la posibilidad de tener espacios de libertad para decir y sostener el erotismo de la vida,  en un país amordazado desde la injusticia, la miseria y la necrofilia, no es poca cosa, da para celebrar con la sexagenaria Radio Progreso desde la música y las caminatas; las tomas de peaje y las celebraciones etílicas, el encuentro de gente que resiste en las rendijas abiertas a pulso por la indomable conciencia de quienes creemos en la diosa belleza de la justicia y la vida.

 



Melissa Cardoza, diciembre 2016
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Sábado, 26 Noviembre 2016 19:08

Tractores contra estudiantes

La brutalidad se muestra sola. Rachel Corrie tenía 23 años y era parte de un grupo de estudiantes norteamericanas que como escudos humanos intentaban evitar que el ejército israelí destruyera un campamento lleno de refugiados en Palestina. Con su cuerpo joven se puso frente a una máquina aplanadora. Le pasó encima, la mató.

A eso y  más se enfrenta ese pueblo donde para un ejército asesino como el de Israel usar estas estrategias no causa impresión, más  que a quienes miramos una y otra vez el rostro ensangrentado de una joven que puso su vida ante la barbarie poderosa de este reino de fascinerosos en el que habitamos, haciéndose imagen de nuestras hermanitas tiernamente guardadas en la memoria.

Acá nomás en nuestro querido departamento de Olancho, en la magnífica Universidad de Agricultura, honra y dicha de diversos gobiernos y su bienamado  rector-ministro-rector Marlon Escoto, emblema de lucha antigremial,  un tractor enviado para tal fin,  intentó cruzar una red de jóvenes que custodian sus vidas, sus bienes comunes, su territorio universitario.

La narrativa de esta imagen es tan clara que el ministro y sus serviles han dejado ver a cuerpo entero su mentalidad criminal, ante la desobediencia, la violencia bruta. Si a esa imagen sumamos  las llamadas que han circulado y hemos escuchado a viva voz de parte de profesores, hombres y mujeres,  amenazando, como buenos policías civiles,  a los jóvenes, no sólo de perder su año lectivo o  su graduación sino su vida, su libertad, tenemos una efectiva imagen de cómo se organiza la vida académica, normativa y ética en los campus de la UNA.

Saludamos con admiración a las y los profesores que han asumido la cita de su tiempo y acompañan a la juventud, en voz alta; lamentamos  quienes se callan y se esconden para guardar su trabajo y sus salarios, en un momento en que  la vida es la que está de por medio,  momento en el que sólo hay dos lugares para escoger donde pararse. 

Para venir a rescatarnos de la porquería política que nos llena la vida cotidiana, nuevamente la juventud, ahora la del interior de esta tierra nos mueve hasta el fondo por sus muestras de integridad y dignidad desconocida por quienes viven de la política como negocio. Ellas y ellos que se han mantenido con voluntad, organización, creatividad han enfrentado varios eventos que les pudieron costar las vidas. Lo han enfrentado cantando el himno nacional, elevando miles de oraciones colectivas, trabajando en los campos y las huertas y llamando a su pueblo a que les apoye.

Buena y mucha compañía necesitan ahora los estudiantes. Las solidaridades, las rebeldías, las palabras y acciones de quien les reconocemos  la  alta moral de los herederos de un Morazàn agonizante que les llama desde el  fondo de la historia. 

Mejor compañía les hacen las vacas, los terneritos, los chanchos y las gallinas, seres sintientes nobles y mansos que no usarían nunca un tractor contra sus congéneres porque para hacer eso se necesitan muchos títulos universitarios, harto poder, y muy corrupta humanidad.

 

 


Melissa Cardoza, 25 de noviembre 2016.

Viernes, 21 Octubre 2016 19:35

Ataque

Estaba mirando con atención el círculo espiritual en el que los símbolos lencas y  garífunas ya son inseparables; pensaba en cuánto se han unido estos pueblos, cuánta fuerza les ha traído incluso el dolor del asesinato de Berta y cómo nos han incluido en esa antigua fuerza de la tierra y el mar.

Pensaba en lo garilenca que me gusta sentirme para ser parte de esta gente hermosa, luchadora, espiritual, con la risa a flor de labio por la vida buena y las manos tímidas para el saludo. Las velas estaban encendidas del lado donde no había mucho viento. Pascualita hacía sus oficios antiguos y sonaban los tambores y cantos oscuros. Estaban los ancestros y ancestras, Berta,  entre ellos, diciendo que no debemos parar sino arreciar la lucha. Del otro lado del cordón policial protector del ministerio público había  funcionarios curioseando, algunos riendo con esa risa tan típicamente racista con que miran a quienes son tan parecidos a ellos.  

Escuché ese sonido particular de las botas antimotines que se mueven con ritmo, y una voz que decía, no tengan miedo compañeros, pero a eso estamos casi habituadas en los últimos años. Giré y alcancé a mirar como tenían a una compañera periodista apretada contra un muro, quería pasar el cordón antimotín para hacer su trabajo,  ella discutía acaloradamente. Fue lo último que vi porque de ahí vino el ataque.

Fue un ataque. Llegaron con la consigna de atacarnos, y así lo decía el encargado de la operación: son unos bandidos, delincuentes, unos salvajes, se refería a la gente del COPINH  y de OFRANEH que eran la mayoría de la movilización para azuzar a sus hombres armados.  Salvajes es la manera en que cristobal colón nombraba a los habitantes de estas tierras. Cuánta antigüedad tiene esta palabra, cuán viejo este desprecio.

Recientemente un taxista que me condujo al lugar de la movilización decía, ya pasó la tanqueta, ya los van a mojar, pobres  copines, los matan, los gasean, los golpean, sólo a eso vienen aquí. Vaya profecía del taxista, vaya experiencia y conclusiones tan claras. Sólo a eso vienen aquí. Una señora en el mismo taxi dijo;  Es que como mataron a la muchacha, aunque fue ya  días eso, ¿verdad? Sí, le contestó el piloto, pero no han hecho nada. Aquí nadie va a hacer nada por ella.

Déjeme en la esquina, le pedí. Sí, siete meses y 17 días exactamente que mataron a la muchacha, nuestra muchacha Berta. 

La gente de Berta estaba ahí. La gente de las montañas y las costas que llegan con sus cipotas porque todas y todos quieren venir a exigir justicia, porque son mujeres, madres, lencas, garífunas,  luchadoras, dignas, íntegras, legítimas con derecho a exigir justicia y a hacer lo que les dé la gana que para eso son personas autónomas. Porque como dice Rosalinda, no es a un perro a quien mataron, mataron a nuestra hermana, a Bertita, y tienen que pagarla. Pero acá vienen a que les tiren gas, los persigan, los golpeen, se rían de su manera de hablar, de vestir.  A que otras mujeres tan pobres e indígenas como ellas, enajenadas por la versión de los vencidos digan, cómo vienen acá con esos niños, qué madres tan irresponsables. A que unos idiotas funcionarios públicos se rían de ellas tras los cristales en vez de defenderlas como les corresponde; a que la gente de tegus desde sus prados les maldiga y les grite porque obstaculizan el tráfico,  mientras huyen de la tanqueta. Y hay que decir que también fue gente de aquí la que les dio agua mientras se ahogaban en el gas, la que les llevò en brazos, las acompañó a sus buses y les abraza con un cariño y un reconocimiento enorme. Gente que llora de indignación y rabia al ver a una niña perdida entre los gases, temblando como una hojita.

Fue un ataque. De esa manera nos dicen directamente y de una vez cómo van a seguir las cosas, tal como lo han venido diciendo todo el año: asesinatos, atentados, falsos positivos, judicialización, negación sistemática a todo tipo de justicia. Apenas anoche mataron a otro dirigente campesino y hoy reprimen  y persiguen, por más de una hora a una movilización indígena pacífica. Los diarios y medios de comunicación hacen su parte y su publicidad asquerosamente racista, donde vuelven a señalar a los caminantes como los agresores, como los provocadores de la rabia policial. Todos están protegiendo a sus amos, el estado asesino de Berta, la empresa privada, los banqueros, las coalianzas y sus peajes.

En este tiempo la represión se agudiza. Quiero pensar que alguna gente del mundo de los derechos humanos esté leyendo esta nueva situación y sus salidas de emergencia que no sean las que les agenda la cooperación, que las pone a correr hasta el agotamiento para enfrentar las emergencias que sólo van en aumento.

Quiero no pensar que  hacen lo que hacen sólo por trabajo y sus ingresos,  viajes, privilegios, posibles premios.  Que los discursos ardientes que hacen en el extranjero en los pocos minutos que les permiten,  los pueden encarnar aquí donde corresponde hacerlo, en los momentos más brutales. Quisiera creer que se asumen como sujetos y sujetas políticos, y no sólo contabilizadores de desgracias.  Sueño despierta con que dejen al gobierno represor solo, visible ante el mundo en lo que es, que ya no se crean su cuento de los mecanismos de defensa de derechos humanos, que no vayan a sus mesas, a sus ceremonias, a sus relatores de  cuentos y leyendas. Que asuman con todas sus letras que quien manda a la policía a reprimir, quien gaseó a esas niñas esta tarde es el mismo aparato que les dice que están haciendo todo lo posible por defender a quienes luchan y les entretienen en burocracia;  y que en el fondo de los fondos los que pagan todo el show son los antiguos aliados de los represores,  porque los indios y negros más vale muertos o sirvientes, pero no alzados, disputando al viejo mundo el agua y los bosques, las ideas,  la vida placentera para todas y todos y no sólo para poquitas, porque así no es la cosa.
Eso quisiera. Eso me gustaría tanto.  Me esperanzo porque conozco la calidad moral de algunas de esas mujeres, aunque bien conozco la de otros; y me entusiasmo cuando veo a las compas de la Red de Defensoras que ponen el cuerpo en sus convicciones y a la altura de los hechos, a pesar de que esto les genera descalificación de propias y ajenas que no desperdician oportunidad para desacreditarlas dentro y fuera del país porque se salen del huacal de la institucionalidad complaciente, heteronormada y bien portada  de los derechos humanos, hecha a la medida de la democracia patriarcal.
El tiempo es duro. La lluvia no para. Las asesinadas siguen impunes. Y la resistencia de  los pueblos indígenas y negros nos convoca una y otra vez desde su enorme dignidad y fuerza a entender el tiempo, sus señales, su peligrosa complejidad. La brutalidad de hoy, en el momento en que las ancestras estaban con nosotras nos  habla de ello, habrá que entenderlo con claridad, cuidado, comunidad valiente y coherencia.

 

Melissa Cardoza. 
21 de Octubre 2016
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Viernes, 30 Septiembre 2016 15:02

Yo estuve ahí

Era una sala de espera con los elementos apropiados para tal actividad. Las sillas, las revistas apiladas con fotos a colores, recetas, dietas, consejos de belleza;  y una que otra atalaya atrapada bajo ellas. Una sala con sus respectivos cuadros surrealistas que no dicen nada, pero tienen colores entretenidos, los bucólicos paisajes lejanos que visten las salas de espera. 

Llena de mujeres, muchas, distintas, donde sobresalen jóvenes con otras jóvenes, con algunas mayores. No hay hombres. La música de fondo evocaba supermercados. Las mujeres hablan bajo, como si estuvieran siendo observadas. Susurran, cuando hablan entre ellas, susurran. Algunas sólo observan la nada que escudriñan al fondo de las paredes. 

Llama la atención la mirada del médico que finalmente atiende, bonachona y un tanto líquida tras lentes finos. Un hombre mayor, de modos pausados,  con múltiples títulos y reconocimientos, por ahí se lee Hombres cristianos de negocios, entre otros. Algunas fotos de familias felices donde su lugar es siempre central, un  hombre mayor de apellido rimbombante entre las élites médicas capitalinas. 

Al entrar al  recinto privado de Comayagüela no es posible dejar de mirar los carros de los médicos, lujosos, nuevos, atractivos productos de sus trabajos legales y bien pagados en un edificio de tradición. La iluminada clínica luce llena de doctores, de visitadoras médicas que atraen con sus peinados y modos excesivamente complacientes para presentar cajas de medicamentos. Así las escogen, de eso viven. Clínicas que huelen a limpio,  llenas de gente buscando consuelo a sus males físicos y emocionales mientras puedan pagarlo.

Pero bueno, los hechos. El doctor en cuestión explica brevemente la simplicidad de un procedimiento que suena más sencillo que una extracción molar. La camilla y los instrumentos relucen, y Piero canta una canción nostálgica en un parlante atornillado en una esquina del tapiz de flores. Sólo una enfermera, también mayor, anda con cierto ánimo en el escenario, seguro algunos hijos la esperan en su casa y ella querrá compartir la cena, una película. 

El cuerpo está abierto, expuesto y tembloroso. El miedo a todo se junta, el desconocimiento crea monstruos y de eso se trata, de temer y de ceder. El doctor se apoya en el cuerpo como si fuera una rústica mesa con un mantel plástico y decolorado donde hubo comensales presurosos. -Si estas piernas no dejan de temblar, no es posible hacer nada. Podés vestirte y salir de aquí. La enfermera sugiere un sedante o al menos un analgésico. -No, responde desde su antigua autoridad de varón,  -Es joven, es fuerte, aguanta. Y palmea un muslo frío como quien trata con una res. Y deja caer su única auténtica frase: -Así aprenderá a cuidarse, vas a ver mamita, que esto no te vuelve a pasar. Duele, por supuesto, duele. Podría no doler, y el odio conciente por la saña misógina se junta al dolor y la humillación. Aguanta, claro. Hay lágrimas de indignación y la mente alerta repasa insípidos detalles diarios junto a engaños de malos amores que hay que pagar con el cuerpo, siempre con el cuerpo. 

La complicidad de las mujeres posibilita una clínica y este doctor abusivo, pero  competente,  en vez que uno riesgoso. Muchas han pagado sus habilidades. Esa misma complicidad hace que la enfermera tome la mano, la apriete y  prometa que ya casi termina la agonía.

Mañana ni te vas a acordar. Vas a sangrar muy poco. No tenès que tomar nada. Le pagàs a la enfermera antes de salir y me cerrás la puerta. 

No hubo sangre. El pago fue abundante y en efectivo. No hubo que tomar nada, pero el recuerdo permaneció por décadas. Un día su obituario apareció a media página en un periódico, murió mayor, adinerado y seguramente feliz, rodeado de nietecitos como tantos desgraciados en el mundo a quienes la justicia humana y divina no les alcanza. 

Yo sé todo esto porque estuve ahí. Era mi cuerpo. Eran mis 20 años. Es mi vida

 

 

 

Melissa Cardoza. 

28 de septiembre, día por la despenalización del aborto. 

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