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Radio Progreso
J Donadín Álvarez

J Donadín Álvarez

Escritor nacional

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Miércoles, 03 Agosto 2016 16:27

Seis razones para no apoyar la reelección

Cuando la imaginación y la ilusión superan el raciocinio de una persona promedio nadie duda en llamarla loca; pero cuando lo mismo padece una que ostenta mucho poder entonces abundan los que sostienen que es una eminencia viviente que percibe la naturaleza de las cosas con una perspectiva fuera de lo común. La realidad es que ambas adolecen del mismo mal: demencia.

En Honduras hay personas que exhiben cierto poder gracias a la gloria barata que los medios de comunicación les ha obsequiado, pero no por ello están exentas de presentar problemas de desequilibrio mental.  Estas personas en su atolondrada imaginación describen a Honduras como un país próspero, lleno de esperanza y aseguran que la población ha depositado toda su confianza en un gobierno azul del que ellas forman parte y, lo que es peor,  consideran que como premio a la buena administración que se ha hecho se les permitirá seguir gobernando durante muchos años más. ¿Podrá ser interpretada tan colosal mentira como un simple producto de la imaginación de unos cuantos enfermos de poder o por el contrario como una cínica propuesta, un insulto al pueblo cansado de tanta miseria que ya no desea saber nada de la tiranía azul actual? 

El hoy presidente de Honduras y sus secuaces forman parte de ese grupúsculo de personas que anhela permanecer en la administración del país. Y aunque algunos ciudadanos piensen que la reelección no estaba en la mente del señor Juan Hernández al asumir el poder se equivocan. Desde su primer día de gobierno, el líder de la tiranía azul presentaba síntomas narcisistas y en su discurso de toma de posesión el ciudadano pensante ya avizoraba lo que se venía para el país: militarismo, falsa publicidad, minimización del clamor popular y desinterés por el respeto a las leyes. Así, desde un primer momento el presidente electo –a saber por quién– comenzó a delirar grandezas para el país en materia de seguridad, transparencia, combate al narcotráfico, pobreza, salud, educación y empleo. A más de dos años de su gestión Honduras no sólo permanece estancada en los temas torales para su desarrollo sino que ha retrocedido. Basta con revisar los índices de corrupción, violencia, inequidad social, etcétera. Es evidente que la continuidad de Juan Hernández en el poder no significa nada bueno para los hondureños. Y, ¿en serio, usted estaría dispuesto a permitir que los pitufos nacionalistas continúen con la administración del país?

A continuación explicaré seis razones por las cuales considero que usted como hondureño inteligente no debe apoyar el nuevo fraude reelectoral que los cachurecos y los oportunistas de Libre quieren legitimar, a espaldas del pueblo y de la Constitución de la República. 

La reelección debilita el sistema institucional hondureño. Las leyes nacionales no permiten la reelección, y en caso de querer modificar el procedimiento legal ya establecido la petición debe surgir del pueblo, sin presión ni manipulación de los sectores interesados en promover la reelección. Y la Corte Suprema de Justicia es la menos indicada para decidir el tema. 

Con la reelección el pleno desarrollo del país no se logrará en cuatro años más. Los problemas de Honduras son sistémicos no electorales. Los proyectos de desarrollo que requiere la nación son, en su mayoría, a largo plazo. Cuatro años más para Hernández o Zelaya no significará mucho en materia de progreso  humano, social y económico. Hace falta mucho tiempo para consolidar el país. El saqueo de siglos y el empobrecimiento de los hondureños no es asunto que será solucionado en cuatro años, ni ocho. Desgraciadamente ni siquiera se ha iniciado la ruta hacia la verdadera prosperidad del país. Los que han gobernado no han hecho otra cosa más que beneficiarse del cargo desestimando las urgentes necesidades de la población.  En este sentido, aunque la reelección se aprobara por la vía legal ninguno de los expresidentes, ni el actual, están en condiciones morales aceptables para repetir un período de gobierno. 

La reelección refuerza el caudillismo y empequeñece el esfuerzo colectivo. La imagen personal de la persona reelecta crece y el pueblo puede creer erróneamente que pequeños o grandes logros durante el período de gobierno son obra del reelecto y no de un esfuerzo colectivo. Y en esta línea hasta el mismo caudillo puede llegar a confundirse  puesto que al estar rodeado de mentirosos que por obtener beneficios y privilegios lo elogien desmesuradamente  jamás le señalarán sus desaciertos. Esto creará en él la falsa idea de que todo lo que hace está bien.

La práctica reeleccionista es, además, un principio narcisista. El presidente que ignora el mandato popular y la línea constitucional al pretender aumentar sus años en el poder está claramente anteponiendo fines personales, caudillescos, su deseo de figurar, etcétera, sacrificando el deseo y voluntad colectiva. Los dos personajes que ya se matricularon con la reelección no merecen ser reelectos. Es más, ninguno de los presidentes anteriores a ellos. 

La reelección de Juan Hernández y Manuel Zelaya limita el paso a nuevos actores a la palestra política. Por bueno que parezca un gobernante, habrá otros más con capacidades quizá mejor desarrolladas para continuar la obra del desarrollo nacional. La juventud pensante, líderes importantes, ideas frescas, etcétera, todo esto se pierde pues al dejar a los mismos en el poder no hay un relevo generacional. 

El deseo de reelección de Juan Hernández ha canalizado gran parte de su trabajo como presidente hacia la falsa propaganda mediática. El actual mandatario ha “trabajado”, poco en beneficio de la ciudadanía. Ha dedicado sí importantes recursos económicos a una campaña mediática  orientada a aplastar a sus opositores políticos y a elevar su perfil. Dinero que debió ser invertido en obras sociales  acabó en la bolsa de los dueños de las corporaciones de medios de comunicación. 

La reelección fomenta la ya alarmante corrupción de los cachurecos. Si una persona tiene toda la institucionalidad del país en sus manos, como en el caso de Juan Hernández, continuar en el poder le permite disponer antojadizamente de los recursos económicos sin temor a que un partido político opositor le compruebe falta de transparencia en el manejo de las finanzas públicas. 

En conclusión, Honduras atraviesa por una crisis institucional sin precedentes. La cachurecada con un gobierno altamente corrupto e ineficiente se prepara con  todo para la reelección y otro partido democráticamente desnutrido como Libre se ha prestado para seguirles el juego.  

Amigo lector: ¿Le conviene a usted la reelección?  

 

 

J Donadin Álvarez

Escritor hondureño

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Jueves, 14 Julio 2016 13:40

El salvador de Honduras

Todos los hondureños anhelamos fehacientemente un cambio verdadero que encumbre la calidad de vida de cada ciudadano que habita este terruño centroamericano.  Sin embargo, vamos por el camino equivocado. Hasta el momento no ha aparecido ningún mesías, ningún salvador o algo parecido, que nos saque de las honduras en las cuales nos estamos ahogando.  

Desde una perspectiva sociopolítica, los escenarios que se presentan para el país son sólo dos y al menos si no aparece una nueva propuesta de cambio que dibuje nuestras esperanzas en un escenario diferente al que propone el oficialismo con sed de reelección y el que plantea “el partido de la refundación” los hondureños proseguiremos hacia el inminente colapso en todos los sentidos.

La primera “propuesta de cambio” es la presentada por los célebres estadistas del Partido Nacional, que no implica otra cosa más que miseria, violencia, corrupción e impunidad. Después de dos períodos consecutivos de gobierno azul el país ha entrado en un innegable proceso de pauperización y la tendencia hacia una mayor calamidad continúa. Mientras el “señor presidente constitucional, abogado Juan Orlando Hernandez” así llamado por sus aduladores, continúe al frente de la nación la corrupción no dará tregua y por consiguiente es de esperarse mayores desgracias a nivel individual en la ciudadanía. Para solucionar el desastre que el propio partido de gobierno ha generado, su máximo cacique propone ser reelecto. (¡Asombroso! ¡Qué genio!) De manera tal que la “propuesta de cambio” de la pandilla azul consistente en la reelección del señor Juan Hernández no representa mejoría  alguna para el pueblo hondureño.

La segunda “propuesta de cambio” y quizá la más lamentable por el barniz con que se la ha presentado a la ciudadanía es la del Partido Libertad y Refundación (LIBRE). Tristemente es la copia al carbón de la que presenta el partido de los saqueadores azules: Reelección. A pesar de que LIBRE continúa con la monótona  arenga antisistémica su política huérfana y estéril carece de visos de hacer nada por el bienestar de Honduras. Y no es porque precisamente –como lo argumentan algunos oportunistas que manipulan el partido- no haya espacios de decisión y acción dada la manipulación total de la institucionalidad hondureña por parte del cachurequismo. Sin embargo, sí ha habido esos espacios que debieron convertirse en oportunidades para que el partido sobresaliera, pero lastimosamente no fueron aprovechados. Por el contrario, pareciera que lo que el partido buscaba hacer no era oposición sino buscar una posición. Y ya lo está logrando. De hecho, su accionar en los últimos meses ha estado acoplada en el engranaje reeleccionista de los pitufos de gobierno. 

La oportunidad para escribir una nueva historia de Honduras LIBRE la tuvo en su poder. El mismo Partido Nacional consciente o inconscientemente se la entregó en bandeja de plata al promover la reelección (acción que sin duda el pueblo hondureño repudia) y dejar a LIBRE exento de toda responsabilidad por el evidente delito de traición a la patria en la que incurrió el primero. LIBRE sólo debía condenar el hecho y negarse a coquetear con la reelección promovida por la pandilla azul. Así ganaría puntos entre la ciudadanía. ¡Pero no! Se decidió justo lo que no debía hacerse. El  ya popularmente desgastado Manuel Zelaya accedió con una asombrosa dosis de cinismo a la propuesta del usurpador de la Casa Presidencial y con un discurso de hacerle la guerra a su “archienemigo” declaró expresamente su ansia de poder y anhelo de irse a la contienda electoral. 

Entonces; Zelaya a elecciones. La pregunta del millón es la siguiente: ¿Podrá, en efecto, ganarle la partida a Juan Hernández? Hay que ser muy ingenuo para considerar que el derrocado Zelaya, a quien ya ni en la conmemoración del golpe de Estado se le apoya como antes debido a la pérdida de su credibilidad, podrá ganar en las próximas elecciones. No se debe olvidar que se le permitió a don Juan Hernández un poder casi absoluto para controlar la institucionalidad hondureña y aunque no es cierto que durará cincuenta años en el sillón presidencial, tal como le gustaría estar, tampoco es verdad que perderá durante estos dos años siguientes la devoción y el servilismo que sus más allegados le profesan y que por lo tanto su colaboración está asegurada para que en la nueva contienda electoral el señor de la sonrisita traviesa se alce una vez más con la silla presidencial, obviamente con mecanismos fraudulentos. ¿Comprenderá Zelaya todo esto? ¿Sabrá que sus posibilidades de ganar son reducidas aunque en popularidad sobrepase al actual titular del Ejecutivo? Si lo sabe, ¿por qué parece ignorarlo? ¿Qué pretende al arriesgarse tanto a perder no sólo la silla presidencial sino su prestigio, su credibilidad y asimismo el respaldo popular que ha obtenido como víctima del golpe de Estado? ¿Qué pasará con las masas que defienden a ultranza a su líder? ¿Seguirán esperando -quién sabe por cuánto tiempo- que su mesías las salve de la miseria? (Ojalá se busquen uno nuevo).

Y, ¿qué pasaría si el cacique de LIBRE decidiera no participar en las elecciones siguientes? Igualmente Juan Hernández ganaría y obtendría mayor poder. En ese plano, el perfil de Zelaya como personaje histórico comenzaría a opacarse y dentro de pocos años ya no tendría muchos seguidores. Esto lo orillaría de manera desmedida de la arena política. Así pues, antes de que esto ocurra su último recurso consiste en participar como candidato a la presidencia en las siguientes elecciones consciente de que es casi seguro que las perderá. Perder las elecciones posiblemente sea lo de menos importancia para Zelaya puesto que lo que no quiere perder es el perfil como abanderado de las causas populares. Así, aunque Zelaya pierda seguirá siendo considerado por muchos incautos como hombre de revolución y éste será absuelto de toda responsabilidad por el colapso que sobrevendrá producto de la inhumana aplicación que del Neoliberalismo hará el reelecto Juan Hernández. Y, ¿quién sabe? Quizá Zelaya  hasta llegue a negociar algún alto cargo público en la siguiente administración azul con el pretexto de intentar cumplir su papel como mesías de los hondureños. Pero; ¿puede revolverse el agua con el aceite? ¿Juan Orlando es de derecha y Zelaya es de izquierda? A esas alturas políticas ambos son la misma mi….

Escenario  demasiado ficticio podrá pensar usted. Tiene su cuota de razón. Ahora piense lo siguiente, especialmente si es asiduo seguidor de Zelaya: ¿Imaginó usted alguna vez a Juan Orlando y a Mel Zelaya juntos negociando la reelección? ¿Creyó usted que Zelaya sería capaz de abandonar a un hombre que tanto respaldo mediático le ha dado como David Romero Ellner? ¿Supuso usted que Zelaya se negaría a darle espacio a otra persona que no fuera su esposa para que aspirara a la presidencia de la republica desde el partido LIBRE, un partido supuestamente amplio en democracia? ¿Cree que quizá en el futuro Zelaya pueda negociar algún alto cargo para no desaparecer de la arena política? Recuerde que aunque usted lo quiera divinizar a fin de cuentas es un político más.

No hay, pues, una verdadera propuesta dirigida al desarrollo del ciudadano. Los liberales están sepultados y nada proponen -ni siquiera precandidato presidencial-, los nacionalistas en su desprestigio proponen reelección, los de LIBRE están engañados entre ellos mismos… ¿Tendremos en el Partido Anticorrupción al verdadero Salvador de Honduras?

 

 

 

J Donadin Álvarez

Escritor hondureño

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Lunes, 06 Junio 2016 14:53

¡El falso mesías!

Aprovechó la coyuntura que el Golpe de Estado le significó a nivel personal y supo agenciarse un perfil de mártir político por defender las causas populares; enarboló la bandera de la refundación del país y prometió respetar en todo momento la voluntad popular; hizo creerle a muchos hondureños que era el mesías de los hondureños y que el partido que fundaría con el apoyo de un pueblo empobrecido y desesperado marcaría la ruta para llegar al poder y encauzar a Honduras por el camino hacia el desarrollo.  

Sin embargo, la realidad frustró sus ilusorios proyectos. Cuando intentó retomar el poder mediante la vía electoral, participando en las elecciones del 2013 el fracaso fue notorio. Se equivocó al imponer como candidata “por consenso” a su esposa. Ésta no demostró liderazgo y fue fácilmente superada por un outsider como Salvador Nasralla candidato del emergente Partido Anticorrupción. A pesar de ello, no fue el citado Nasralla el que se consagró como presidente de la nación sino el otrora presidente del Congreso Nacional, Juan Orlando Hernández, quien mediante manipulaciones jurídicas y mediáticas montó un colosal fraude que lo llevó a la Casa Presidencial.

Así, el mesías de los hondureños se vio rezagado del poder y fue confinado a un curul en el Congreso Nacional como jefe de bancada del Partido Libertad y Refundación (Libre). Sin embargo, con el pasar del tiempo este mesías comenzó a desgastarse como consecuencia de cierto extravío político. De  abanderado de la lucha popular y de la refundación de Honduras pasó a convertirse en un traidor a la patria al apadrinar el proceso de reelección emprendido por la pandilla azul y facilitarle el camino de relección al Partido Nacional, el instituto político que mayor miseria le ha causado al país. ¡Que tragedia! Los intereses de los nacionalistas aunados a su propio interés político lo llevó a estar de acuerdo con la sentencia de cinco magistrados controlados desde el Poder Ejecutivo de que la reelección era un asunto de importancia nacional.

Ese falso mesías tiene nombre y apellido: Manuel Zelaya Rosales es su nombre. Por supuesto, habrá personas cuyo fanatismo político les impedirá reconocer en él a un político con visos dictatoriales y con un evidente delito de traición a la patria. Así lo confirma el respaldo sin criterio de una considerable población que le rinde pleitesía.  No obstante, otra cantidad importante de personas comienza a descubrir la particularidad de este mesías de imponerse dentro de su partido y deslustrar la imagen de quien no lo apoye.

Habrá que preguntarse: ¿A que juega Zelaya? ¿Dónde dejó sus convicciones jurídicas para seguirles el juego a los nacionalistas? ¿Acaso ignora que el fallo establecido por la Corte Suprema de Justicia (CSJ) que, al margen de la ley, autorizó el debate sobre la reelección, es ilegítimo, y constitutivo de delito?  Él ha traicionado no sólo a la oposición o al partido Libre sino en especial a la mayoría de hondureños que nada quiere saber de reelección de corruptos consagrados al saqueo de fondos públicos. 

La decisión del mesías de entrar al terreno reelectoral  expeditará a la pandilla azul el camino para imponer la candidatura ilegal de Juan Hernández; Y no puede negar que sabe perfectamente que  el artículo  número cuatro de nuestra Constitución, referente a la  obligatoria alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia, continúa en vigencia. 

Es recomendable, además que el Tribunal Supremo Electoral y la nueva Sala Constitucional reflexionen sobre el papel que desempeñarán  si se prestan a inscribir ilegalmente al señor de Juan Hernández. El pueblo estará pendiente de castigar en su momento a todos aquellos que se conviertan en falsos mesías o lo que es peor: en traidores a la patria.

 

 

J Donadin Álvarez

Escritor hondureño

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Lunes, 02 Mayo 2016 16:40

La hazaña pendiente

Gracias al poder distorsionador del que gozan ciertos medios de comunicación nacional, la mayoría de los hondureños ha sido moldeada para aplaudir la mediocridad y a aplastar la excelencia. La mediocridad periodística campea y un público que se siente “informado” no advierte los efectos nocivos que esta situación genera en su cotidianeidad.

Tristemente en Honduras célebres son los canales radiales y televisivos, los periódicos y los periodistas, con mayor morbo, vulgares y de lenguaje simplista. Y lo que es peor; son estos medios de comunicación los que lideran la lista de mayor audiencia. Entre más ramplón sea  el estilo del medio mayor audiencia se asegura. Es fácil deducir, pues, el nivel cultural de quienes se “informan” a través de ellos.

Los canales de televisión, por ejemplo, han partido de la idea que el televidente es como un recipiente de basura que aceptará sin ningún asomo de contrariedad todo lo que le echen.  Su popularidad entre los espectadores se basa en la bajeza lingüística, en la pobreza idiomática y la explotación del gusto de los espectadores por el dramatismo lo que, a su vez, explica el amarillismo que los caracteriza. Accidentes automovilísticos,   crímenes y todo lo que contenga sangre torrencial son expuestos sin  ningún escrúpulo a una audiencia ávida de ver violencia pues así la han acostumbrado estos canales televisivos. El que más terror presente en sus notas periodísticas será el más popular: he ahí la fórmula para estar entre los primeros lugares en la preferencia de los televidentes. 

Otro elemento importante en los medios televisivos es lo que se denomina la primicia. Ésta es esa noticia que un canal cree tener primero que los demás. Se supone que cuando las personas conocen una noticia por primera vez el medio de comunicación que la difunde cobra prestigio por estar en el momento y el lugar preciso para “informar” con rapidez.  Sin embargo, es de todos conocido el ridículo al que han sido expuestos algunos atrevidos periodistas cuya carencia de ética periodística y su afán por ser los primeros los ha llevado a presentar falsas primicias cuando su fuente de información ha sido las redes sociales.

En el caso de la prensa escrita sorprende la manera cómo desde los titulares hasta la crónica final es sutil -y a veces evidentemente- tergiversada de acuerdo con los intereses del periódico. Ampliamente indignante fue, por ejemplo, la imagen publicada en 2009 en uno de los rotativos nacionales sobre la muerte de Isis Obed Murillo, un joven muerto por el balazo que un militar disparó hacia su nuca, donde el muchacho de diecinueve años aparecía agonizando pero sin ninguna mancha de sangre. Otros medios de comunicación presentaron la fotografía real donde se veía al joven que moría desangrado.  El periódico se “disculpó” notificando que por un error en su proceso, la gráfica publicada había salido distorsionada, difiriendo de la original.  Y eso fue todo.

Ahora bien, ¿qué criterios éticos refleja  un medio de comunicación escrito cuando tergiversa los hechos y pulveriza el humanismo del periodismo en aras de conservar sus vínculos económicos e ideológicos con los grupos de poder más obscuros de una sociedad? ¿Qué tipo de información puede provenir  de medios de comunicación arropados con la cobija del cinismo cuya práctica periodística colinda con lo criminal? 

Finalmente están los medios de comunicación radial que en Honduras han permanecido en casi la totalidad alineados con el oficialismo. En el caso de las radios comunitarias el Estado persiste en su labor de aislarlas e incluso silenciarlas a través de la creación de ciertas normas jurídicas. 

Obtener, entonces, una nueva manera de informar al pueblo hondureño de manera apegada a la verdad es una hazaña pendiente. Y los periodistas, principalmente, deberían tener la iniciativa por lograr este anhelo colectivo. Si lo hacen el pueblo se los agradecerá y por primera vez los admirará con sinceridad. 

 

 

J Donadin Álvarez

Escritor hondureño

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Lunes, 11 Abril 2016 17:53

Juan Bobo

Escribir sobre las condiciones socioeconómicas de un país como Honduras es un asunto desalentador, sin duda. Cada vez que uno piensa lo que está pasando con la deteriorada salud de nuestros compatriotas, con la deficiente educación de nuestros hijos, con la inseguridad que nos avasalla, con los alarmantes índices de desempleo, etcétera, la desesperanza pareciera dominarnos. 

A veces uno quisiera sentirse seducido por su belleza natural y con ello maquillarle su imagen social.   Esto, a través de las letras de un artículo es una acción sencilla pero imposible de comprobar. Toda la evidencia demuele cualquier intento de ocultar la verdad. Y es que se debe entender que amar a la patria no significa mentirle. Por el contrario, implica señalar con prudencia lo que no está bien.

Sin embargo, no todas las plumas nacionales escriben apegadas a la verdad. En Honduras existe un grupúsculo de seudo intelectuales cuyo trabajo consiste en mentirle infatigablemente a las personas ávidas de conocer la verdad. Sobresalen en esta línea algunos sobaleva del gobierno que mendigan migajas de la mesa festiva del gobierno. Así, su papel se reduce a la mísera acción de  adornar la figura del señor Juan Hernández para retratarlo como un gran estadista de los últimos años. ¡Tremenda falsificación a la que dedican todas sus energías!  

Ya los hondureños estamos cansados de escuchar tantas mentiras a través de los medios de comunicación. Que la Presidencia de la República insista con su falsa propaganda gubernamental solo significa una cosa: Creer que el pueblo hondureño es estúpido.  Nadie en su sano juicio reconoce síntomas de verdad en lo que se pregona incluso en cadenas nacionales de radio y televisión  sobre la supuesta heroica labor del gobierno. Ya ni los mismos activistas del Partido Nacional se creen el discursito desgastado de que se está trabajando por el bienestar de la población pues hasta ellos han sido deschambados. 

Prevención, paz y convivencia ofrece el gobierno para reducir los índices de delincuencia en el país al mismo tiempo que niega el derecho a la educación a muchos niños, que liquida las fuentes de empleo de sus padres y los condena a la subsistencia; promete seguridad, y para pacificar la sociedad compra balas y aísla los libros, contrata más agentes militares y niega plazas a nuevos profesores, en fin: todo se hace al revés.  Algo así como en el cuento de Juan Bobo.  

 

J Donadin Álvarez

Catedrático de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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Miércoles, 09 Marzo 2016 08:21

¡A ver qué pasa!

La idea creciente y cada vez más evidente del señor Juan Hernández de reelegirse merece mucha reflexión y más que eso la acción decidida de quienes seremos terriblemente afectados por su aberrante proceder. Lo que hace un tiempo no era más que un rumor con visos de demencia política hoy se perfila como una tarea que obsesiona al iluso presidente de la nación. 

El deseo de continuar en el poder –seguramente a través de mecanismos fraudulentos-  es un asunto que exige inmediato bloqueo. La mayoría de los hondureños está cansada e indignada de la tragedia que significa vivir gobernada por la tiranía azul. Y sin duda, nadie que sea dueño de buen seso desea el continuismo en el poder de ladrones, apátridas, mentirosos, inmorales e ineptos como los que hoy se hacen llamar “honorables padres de la patria”. Que el ciudadano promedio apoye la reelección de Juan Hernández implica dos situaciones: lo primero, estar alineado con el descalabro político y económico del Estado sacando provecho de la situación y, lo segundo, ser demasiado ingenuo para defender, venerar a su propio verdugo. 

Preocupa sobremanera que pocos o nadie se esté preparando para desarticular el proyecto reelectoral de la tiranía azul. Las argucias jurídicas y excesivamente emotivas de los obedientes allegados al “señor presidente” no están siendo analizadas de manera seria por la ciudadanía ni por los partidos políticos de oposición.  

El instituto político Libertad y Refundación (LIBRE), por ejemplo, que era del que más expectativas se tenía, ha defraudado. Parece que su oposición es en los medios de comunicación y en las redes sociales pero que ya en la arena política la “negociación” es un hecho normal aunque eso signifique la pérdida de la identidad opositora a la tiranía azul que debería caracterizar al partido.  Sobrará quien piense que no se debe generalizar, que son sólo unos cuantos diputados los que se han vendido. Sin embargo, las ramificaciones a lo interno del partido lo dejan ver falto de unidad y por lo tanto incapaz de hacerle frente al acoso político y mediático que del bipartidismo tradicional se desprende. Que un individuo considerado líder del partido, de tendencia beligerante y polémica como Esdras Amado López haya sido justamente expulsado, que un cacique político como Manuel Zelaya  estuviese coqueteando con sus “enemigos” políticos antes de la elección de la Corte Suprema de Justicia a espaldas de los miembros de su partido no refleja una imagen de LIBRE congruente con lo que se pregona a voz en cuello con respecto a su labor como supuestos defensores del pueblo. Y es que ¿cómo negar que Zelaya también acaricia la idea de la reelección? De ahí que su oposición a nivel personal no sea del todo sincera. Sin embargo, “Mel” es sólo un personaje político no todo un partido. ¿Por qué entonces nadie tiene la osadía de recriminarle sus acciones? ¿“Mel” es Libre, o Libre es “Mel”. Pareciera que todo lo que él haga siempre será bien visto por sus aduladores y que quien se atreva a cuestionar su accionar será etiquetado como traidor al partido.

Hay que detener la reelección del hombre azul. Su continuidad solamente avizora mayor corrupción, miseria, desempleo, inseguridad, ignorancia intelectual, estancamiento económico, etcétera. 

La ciudadanía, pues, debe practicar la vigilancia política. Nuestra deplorable condición como hondureños no se resolverá mediante plegarias que jamás serán contestadas por deidades invisibles mientras nuestra indiferencia ciudadana nos siga marginando de toda actividad pública. Es paradójico que se viva añorando  riquezas divinas en otros mundos mientras el fracaso social y económico nos posea en esta tierra. Lo más lamentable al respecto es que un país ultra religioso donde se alardea de la ética promovida por las cúpulas religiosas se encuentre tan maniatado en la más deshonrosa corrupción.  Y sumado a ello, extraña la condición de aquellos hondureños que ostentan una supuesta autoridad para dominar seres sobrenaturales pero se auto recomienden la sumisión social ante la corrupción de sus semejantes. 

Debemos hacerle oposición a la tiranía azul en las calles, en El Congrezoo Nacional, en fin, en todas partes. Todo intento de reelección presidencial debe ser suprimido mediante la presión popular. No sigamos esperando ¡a ver qué pasa!    

 

 

 

J Donadin Álvarez

Catedrático de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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