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Radio Progreso
Melissa Cardoza

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña.

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Viernes, 21 Octubre 2016 19:35

Ataque

Estaba mirando con atención el círculo espiritual en el que los símbolos lencas y  garífunas ya son inseparables; pensaba en cuánto se han unido estos pueblos, cuánta fuerza les ha traído incluso el dolor del asesinato de Berta y cómo nos han incluido en esa antigua fuerza de la tierra y el mar.

Pensaba en lo garilenca que me gusta sentirme para ser parte de esta gente hermosa, luchadora, espiritual, con la risa a flor de labio por la vida buena y las manos tímidas para el saludo. Las velas estaban encendidas del lado donde no había mucho viento. Pascualita hacía sus oficios antiguos y sonaban los tambores y cantos oscuros. Estaban los ancestros y ancestras, Berta,  entre ellos, diciendo que no debemos parar sino arreciar la lucha. Del otro lado del cordón policial protector del ministerio público había  funcionarios curioseando, algunos riendo con esa risa tan típicamente racista con que miran a quienes son tan parecidos a ellos.  

Escuché ese sonido particular de las botas antimotines que se mueven con ritmo, y una voz que decía, no tengan miedo compañeros, pero a eso estamos casi habituadas en los últimos años. Giré y alcancé a mirar como tenían a una compañera periodista apretada contra un muro, quería pasar el cordón antimotín para hacer su trabajo,  ella discutía acaloradamente. Fue lo último que vi porque de ahí vino el ataque.

Fue un ataque. Llegaron con la consigna de atacarnos, y así lo decía el encargado de la operación: son unos bandidos, delincuentes, unos salvajes, se refería a la gente del COPINH  y de OFRANEH que eran la mayoría de la movilización para azuzar a sus hombres armados.  Salvajes es la manera en que cristobal colón nombraba a los habitantes de estas tierras. Cuánta antigüedad tiene esta palabra, cuán viejo este desprecio.

Recientemente un taxista que me condujo al lugar de la movilización decía, ya pasó la tanqueta, ya los van a mojar, pobres  copines, los matan, los gasean, los golpean, sólo a eso vienen aquí. Vaya profecía del taxista, vaya experiencia y conclusiones tan claras. Sólo a eso vienen aquí. Una señora en el mismo taxi dijo;  Es que como mataron a la muchacha, aunque fue ya  días eso, ¿verdad? Sí, le contestó el piloto, pero no han hecho nada. Aquí nadie va a hacer nada por ella.

Déjeme en la esquina, le pedí. Sí, siete meses y 17 días exactamente que mataron a la muchacha, nuestra muchacha Berta. 

La gente de Berta estaba ahí. La gente de las montañas y las costas que llegan con sus cipotas porque todas y todos quieren venir a exigir justicia, porque son mujeres, madres, lencas, garífunas,  luchadoras, dignas, íntegras, legítimas con derecho a exigir justicia y a hacer lo que les dé la gana que para eso son personas autónomas. Porque como dice Rosalinda, no es a un perro a quien mataron, mataron a nuestra hermana, a Bertita, y tienen que pagarla. Pero acá vienen a que les tiren gas, los persigan, los golpeen, se rían de su manera de hablar, de vestir.  A que otras mujeres tan pobres e indígenas como ellas, enajenadas por la versión de los vencidos digan, cómo vienen acá con esos niños, qué madres tan irresponsables. A que unos idiotas funcionarios públicos se rían de ellas tras los cristales en vez de defenderlas como les corresponde; a que la gente de tegus desde sus prados les maldiga y les grite porque obstaculizan el tráfico,  mientras huyen de la tanqueta. Y hay que decir que también fue gente de aquí la que les dio agua mientras se ahogaban en el gas, la que les llevò en brazos, las acompañó a sus buses y les abraza con un cariño y un reconocimiento enorme. Gente que llora de indignación y rabia al ver a una niña perdida entre los gases, temblando como una hojita.

Fue un ataque. De esa manera nos dicen directamente y de una vez cómo van a seguir las cosas, tal como lo han venido diciendo todo el año: asesinatos, atentados, falsos positivos, judicialización, negación sistemática a todo tipo de justicia. Apenas anoche mataron a otro dirigente campesino y hoy reprimen  y persiguen, por más de una hora a una movilización indígena pacífica. Los diarios y medios de comunicación hacen su parte y su publicidad asquerosamente racista, donde vuelven a señalar a los caminantes como los agresores, como los provocadores de la rabia policial. Todos están protegiendo a sus amos, el estado asesino de Berta, la empresa privada, los banqueros, las coalianzas y sus peajes.

En este tiempo la represión se agudiza. Quiero pensar que alguna gente del mundo de los derechos humanos esté leyendo esta nueva situación y sus salidas de emergencia que no sean las que les agenda la cooperación, que las pone a correr hasta el agotamiento para enfrentar las emergencias que sólo van en aumento.

Quiero no pensar que  hacen lo que hacen sólo por trabajo y sus ingresos,  viajes, privilegios, posibles premios.  Que los discursos ardientes que hacen en el extranjero en los pocos minutos que les permiten,  los pueden encarnar aquí donde corresponde hacerlo, en los momentos más brutales. Quisiera creer que se asumen como sujetos y sujetas políticos, y no sólo contabilizadores de desgracias.  Sueño despierta con que dejen al gobierno represor solo, visible ante el mundo en lo que es, que ya no se crean su cuento de los mecanismos de defensa de derechos humanos, que no vayan a sus mesas, a sus ceremonias, a sus relatores de  cuentos y leyendas. Que asuman con todas sus letras que quien manda a la policía a reprimir, quien gaseó a esas niñas esta tarde es el mismo aparato que les dice que están haciendo todo lo posible por defender a quienes luchan y les entretienen en burocracia;  y que en el fondo de los fondos los que pagan todo el show son los antiguos aliados de los represores,  porque los indios y negros más vale muertos o sirvientes, pero no alzados, disputando al viejo mundo el agua y los bosques, las ideas,  la vida placentera para todas y todos y no sólo para poquitas, porque así no es la cosa.
Eso quisiera. Eso me gustaría tanto.  Me esperanzo porque conozco la calidad moral de algunas de esas mujeres, aunque bien conozco la de otros; y me entusiasmo cuando veo a las compas de la Red de Defensoras que ponen el cuerpo en sus convicciones y a la altura de los hechos, a pesar de que esto les genera descalificación de propias y ajenas que no desperdician oportunidad para desacreditarlas dentro y fuera del país porque se salen del huacal de la institucionalidad complaciente, heteronormada y bien portada  de los derechos humanos, hecha a la medida de la democracia patriarcal.
El tiempo es duro. La lluvia no para. Las asesinadas siguen impunes. Y la resistencia de  los pueblos indígenas y negros nos convoca una y otra vez desde su enorme dignidad y fuerza a entender el tiempo, sus señales, su peligrosa complejidad. La brutalidad de hoy, en el momento en que las ancestras estaban con nosotras nos  habla de ello, habrá que entenderlo con claridad, cuidado, comunidad valiente y coherencia.

 

Melissa Cardoza. 
21 de Octubre 2016
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Viernes, 30 Septiembre 2016 15:02

Yo estuve ahí

Era una sala de espera con los elementos apropiados para tal actividad. Las sillas, las revistas apiladas con fotos a colores, recetas, dietas, consejos de belleza;  y una que otra atalaya atrapada bajo ellas. Una sala con sus respectivos cuadros surrealistas que no dicen nada, pero tienen colores entretenidos, los bucólicos paisajes lejanos que visten las salas de espera. 

Llena de mujeres, muchas, distintas, donde sobresalen jóvenes con otras jóvenes, con algunas mayores. No hay hombres. La música de fondo evocaba supermercados. Las mujeres hablan bajo, como si estuvieran siendo observadas. Susurran, cuando hablan entre ellas, susurran. Algunas sólo observan la nada que escudriñan al fondo de las paredes. 

Llama la atención la mirada del médico que finalmente atiende, bonachona y un tanto líquida tras lentes finos. Un hombre mayor, de modos pausados,  con múltiples títulos y reconocimientos, por ahí se lee Hombres cristianos de negocios, entre otros. Algunas fotos de familias felices donde su lugar es siempre central, un  hombre mayor de apellido rimbombante entre las élites médicas capitalinas. 

Al entrar al  recinto privado de Comayagüela no es posible dejar de mirar los carros de los médicos, lujosos, nuevos, atractivos productos de sus trabajos legales y bien pagados en un edificio de tradición. La iluminada clínica luce llena de doctores, de visitadoras médicas que atraen con sus peinados y modos excesivamente complacientes para presentar cajas de medicamentos. Así las escogen, de eso viven. Clínicas que huelen a limpio,  llenas de gente buscando consuelo a sus males físicos y emocionales mientras puedan pagarlo.

Pero bueno, los hechos. El doctor en cuestión explica brevemente la simplicidad de un procedimiento que suena más sencillo que una extracción molar. La camilla y los instrumentos relucen, y Piero canta una canción nostálgica en un parlante atornillado en una esquina del tapiz de flores. Sólo una enfermera, también mayor, anda con cierto ánimo en el escenario, seguro algunos hijos la esperan en su casa y ella querrá compartir la cena, una película. 

El cuerpo está abierto, expuesto y tembloroso. El miedo a todo se junta, el desconocimiento crea monstruos y de eso se trata, de temer y de ceder. El doctor se apoya en el cuerpo como si fuera una rústica mesa con un mantel plástico y decolorado donde hubo comensales presurosos. -Si estas piernas no dejan de temblar, no es posible hacer nada. Podés vestirte y salir de aquí. La enfermera sugiere un sedante o al menos un analgésico. -No, responde desde su antigua autoridad de varón,  -Es joven, es fuerte, aguanta. Y palmea un muslo frío como quien trata con una res. Y deja caer su única auténtica frase: -Así aprenderá a cuidarse, vas a ver mamita, que esto no te vuelve a pasar. Duele, por supuesto, duele. Podría no doler, y el odio conciente por la saña misógina se junta al dolor y la humillación. Aguanta, claro. Hay lágrimas de indignación y la mente alerta repasa insípidos detalles diarios junto a engaños de malos amores que hay que pagar con el cuerpo, siempre con el cuerpo. 

La complicidad de las mujeres posibilita una clínica y este doctor abusivo, pero  competente,  en vez que uno riesgoso. Muchas han pagado sus habilidades. Esa misma complicidad hace que la enfermera tome la mano, la apriete y  prometa que ya casi termina la agonía.

Mañana ni te vas a acordar. Vas a sangrar muy poco. No tenès que tomar nada. Le pagàs a la enfermera antes de salir y me cerrás la puerta. 

No hubo sangre. El pago fue abundante y en efectivo. No hubo que tomar nada, pero el recuerdo permaneció por décadas. Un día su obituario apareció a media página en un periódico, murió mayor, adinerado y seguramente feliz, rodeado de nietecitos como tantos desgraciados en el mundo a quienes la justicia humana y divina no les alcanza. 

Yo sé todo esto porque estuve ahí. Era mi cuerpo. Eran mis 20 años. Es mi vida

 

 

 

Melissa Cardoza. 

28 de septiembre, día por la despenalización del aborto. 

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Miércoles, 24 Agosto 2016 08:30

Belleza

En medio de la madrugada platico con mi hermana  Francesca que ha venido de lejos para verme, abrazarme, callar, decir, sembrar. Y decimos,  asesinar a Berta es también un acto estético, es matar en un gesto de pólvora  la esperanza, la sonrisa, el optimismo que escasea tanto, por eso es un acto de una fealdad terrible, es un acto del horror que nos hace deambular, a algunas, en una tiniebla espesa y muy larga. Francesca estudia las ideas estéticas  feministas  como otros  muchos temas, es una pensadora y caminante, y es una actuante.  Sabe que la belleza es necesaria para vivir tanto como el aire y el maíz  que hay que sembrar en los suelos o los techos. Lo sabía también Berta. 

Un día que estuve  botada por un desamor, absurdo como todos, y que me quitó ganas de levantarme al mundo, ella pasó por mi casa y me llevó a dos lugares. Primero a comer, luego  a ver unos árboles de liquidámbar en medio de un pinar: mire, compita, me dijo con mucha delicadeza, mire qué belleza. No, hermana, nada vale la pena como para que nos perdamos esta belleza, me dijo en un abrazo de palabras. 

Berta, materia e idea. Comida y belleza. Ética profunda de la buena vida, viento libre, palabra certera y cuidadosa. Una mujer a quien la belleza le importaba en el sentido más hondo del término. Esa que evidencia la vulgaridad de los políticos de oficio que estos días han mostrado sus más depreciadas joyas lingüísticas y filosóficas en reyertas que sabemos siempre terminan en acuerdos de ellos mismos.  Seres humanos que una desea lejos de los poderes de la vida colectiva hondureña, tanto como se desprecia al dictador y su séquito obsceno de abundancia en el epicentro de la miseria.  

Cito a Berta de nuevo en la noche de lluvia en una comunidad donde se cultivan sorgos, niñas  y perros. La traigo para abrazar su huella profunda,  para compartirla con Francesca en un acto estético de humanidad que son los que nos quedan a las sobrevivientes del horror. Actos voluntarios, pensados, deseados y ejecutados. Actos honestos, plenos, irrepetibles, a veces solitarios, otros, en común unidad con las afinidades escogidas a golpe o silencio.    

La belleza que Berta ejercía no tenía  que ver con la estética del consumo de la persona, no la oí comentar si una mujer estaba gorda o fea, si vieja o menos arrugada como suelen ser las pláticas comunes. Esas características que tanto llegan a agobiar a las personas, sobre todo a las mujeres. Sí, tenía expresiones como, uy,  la compa se ve afligida; esa cipota tiene cara de enferma o más seguido comentaba:  nos vemos algo hechas mierda. Sobre todo si era un tiempo de persecución,  pobreza agudizada  o balas; o un tiempo de malos amores que luego abundan y a ella la acechaban siempre. 

Los proyectos de transformación tienen que ser estéticos, sino para qué los queremos, diría Francesca,  y en sus palabras, Berta. Tienen que pensar y rechazar lo espantoso de la miseria con sus manotadas de dolor y muerte; la violencia en su pedagogía del mal;  el odio en sus variados gestos de racismo, lesbofobia, misoginia. 

Es bueno vivir la vida si es que se tiene un bosque para curar aflicciones,  o unos abrazos honestos para calmar el miedo, o amigas entrañables que desafían distancias y tiempos. Si hay gente que en sus ideas entiende que no somos sólo carne y huesos  que también somos, pero además poesía y deseo, espíritu y zozobra, ánimo para andar el día o para ansiar las noches.

Los proyectos de transformación no son para hombres o mujeres vulgares, mentirosas, que alimentan la cuchilla por  la espalda y pisotean las flores de las calles porque ni siquiera las ven, pero les gusta comprarlas en el mercado regateando a las vendedoras. 

Por eso es tan difícil perfilar en la escena nacional un horizonte alentador en este momento, la ética y la política no se encuentran casi por ningún bando, partidario o movimientista; la estética de la vulgaridad  o el pragmatismo tarifado es lo que reina en el ambiente y amenaza el futuro. 

Y si  no fuera por la permanencia del pensamiento de Berta, por las amigas viajeras  y por las gestas encapuchadas una estaría más incapaz de ver los bosques en su color y fuerza,  y sólo podría fijarse en el paso de los insaciables gorgojos que alimentan a los dueños de las motosierras.  

 

 

 

Melissa Cardoza, agosto 2016, seis meses de impunidad para Berta. 

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Jueves, 14 Julio 2016 13:35

Honduras, te quiero pública

La pensada del movimiento estudiantil universitario actual es una que se afinca en procesos de la vida académica, pero que va más allá,  va por la vida toda;  y vuelve a regar las nunca marchitas flores de la esperanza de este pueblo noble y envilecido por el patriarcado neoliberal. Un movimiento que se ha venido organizando de a poco, de la mano de nombres tan necesarios como el de Eduardo Lanza Becerra, desaparecido por otro terrorismo de estado, las estudiantas y los estudiantes vuelven a traer la sonrisa a nuestros rostros que de tanto llorar y encachimbarse tienden a verse ajados. 

No comparto el pensamiento de que la universidad refleje necesariamente las dinámicas políticas de una sociedad, la idea de lo “universal” no me convence, la universidad es una institución bastante elitista en este y otros países en las que una minoría alcanza a llegar y en donde muy pronto se aprende a despreciar lo propio y emular lo ajeno; y donde el conocimiento legítimo siempre está pegado a un título y sus privilegios. Sin embargo, tal como pinta el movimiento y su pensada es posible que pronto estemos debatiendo sobre una Pluriversidad llena de conocimientos múltiples y coloridos.

El sistema de muerte unipolar,  que al “universalizar” margina, excluye,  y se expresa en todas partes. Por todos lados hay privilegiados, vendidos, sicarios judiciales, hipócritas, infiltrados, reelegibles, autoritarias,   sino que lo digan las luchas indígenas que nuevamente se enlutan con el asesinato de otra activista del COPINH, Lesbia Yanet Urquía,  opositora a los maldecidos proyectos auroras que se apropian, vía congreso nacional, de los ríos, tierras, territorios lencas. 

De cualquier manera, y reconociendo el peso político de la U y sus lógicas hegemónicas y contra hegemónicas quiero traer un texto en el que Berta Cáceres, acompañante solidaria de la juventud, expresara con su lucidez no sólo el análisis de la realidad de este país sino su esperanza en movimientos sociales ubicados en el límite de la sobrevivencia, decía: “ (Hay que) Tener la posibilidad de pensar en la vida, en la vida, porque aquí lo que se impone es muerte, en todos lados, si usted mira. ¿Qué le propone una sociedad como ésta a los jóvenes? Les propone el narcotráfico, consumo de droga, maras,  miseria, desempleo, esa es la propuesta de este sistema, en este país; si mira para la vida de las mujeres no hay propuesta de vida sino de muerte, violencia extrema en todos los sentidos, explotación, opresión; a los pueblos indígenas prácticamente la desaparición de los mismos, eso es lo que se presenta, estamos en ese límite, y el poder transnacional aplasta todas las formas de vida que  surgen  de las comunidades urbanas y rurales, pareciera imposible pensar en la esperanza, en la vida” .

Y que vienen los estudiantes, las estudiantas encapuchadas del rostro y desnudos del corazón para volver a poner de pie la esperanza, y  un eje central de las luchas: UNAH TE QUIERO PÚBLICA.  Y pública debe ser la vida toda, no traficada entre pocos que se juntan a espaldas del resto en sus casas compradas con dinero público, públicas las carreteras, la salud, los placeres diversos, el amoroso dolor del asesinato de nuestras hermanas, pública la voz, el gesto, públicas las propuestas. 

El movimiento estudiantil aumenta las metodologías que van siendo pedagogía de la movilización hondureña;  las asambleas para crecer el discurso, la conciencia y las  tomas de decisiones; la práctica de autorizar vocerías diversas en gestos tan revolucionarios como nombrar a Miriam Miranda su vocera; la necesidad de moverse en comunidad para que nadie quede preso ni perseguida; el diálogo con otros sujetos como profesoras, madres de familia, trabajadores y otros movimientos sin perder su autonomía; la justa fórmula de poner el cuerpo donde está la palabra cuidando ambos;  los diálogos públicos devolviendo a la gente de a pie su autoridad; la contundencia de saber quiénes son los suyos y quiénes los adversarios, sin confundirse porque ciertos personajes  con los que ahora se confrontan fueron gente progresista,  pero hoy representan, sus razones públicas tienen,  la razón opresora, autoritaria y chafarotil de la rectoría. 

UNAH TE QUEREMOS PÚBLICA, Honduras te queremos pública, desprivatizada, andando por las calles, bañando en ríos públicos con el cuerpo al sol,  libre de órdenes de captura, de celdas, acosos y miedos a pensar, decir y vivir. Honduras, te queremos pública, mostrando tus dolores, carcajadas,  errores y tu enorme dignidad que no deja de crecer entre la juventud y los pueblos indígenas, entre las mujeres que abandonan el discurso llorón e individualista y asumen la autonomía de su cuerpo y pensamiento en comunidad; en los movimientos que sin jefes, representantes ni votaciones deciden sus caminos y los caminan junto a la memoria de las que nos arrancó  violentamente el poder, pero que traemos pegadas a la consigna y los pasos.

 

 

 

Melissa Cardoza, julio 2016 

A cuatro meses del asesinato de Berta Cáceres Flores.

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Viernes, 03 Junio 2016 09:31

524

Desde marzo, en estas madrugadas que se alargan de manera tan malvada sobre los techos, pienso una vez más en los motivos de la muerte de Berta; no sólo en el asesinato y los razonamientos que conocemos, los que se debaten, dividen y  comparten; sino en otros misteriosos, mezclados con deseos esotéricos de entender y aceptar su ausencia que duele como vidrios enterrados en el pecho. 

Pienso en abstractas ideas y los actos concretos de la justicia, el mal, la verdad. En cuánto habrá de justo que un cipote de la edad de una de sus hijas, asesino de oficio, sea puesto en una cárcel para que se acomoden los hilos del poder mientras él se hace mayor con los años enrejados; dónde estará la justicia para la vida de ese muchacho en la cadena de causas que llevan al crimen.  Pienso en si no es de este modo, cuál es el justo modo; y qué vamos a hacer todas con cárceles llenas de jóvenes, por demás pobres, indígenas, hijos de compañeras cercanas, a veces, y ejecutores prepago de la muerte, cárceles que son negocio de los que deberían estar encarcelados y que alimentamos con sangre joven. Debato conmigo, con otras, si es el poder que oprime al cual pedirle castigo, si es castigo el que queremos, castigar a ese poder pero sin sus propias herramientas, acaso.  Doy vueltas sobre cuál es el centro de la verdad en este momento para este mundo hondureño, para el resto,  y para Berta misma, con cual verdad hacemos la vida vivible y la muerte digna.  En qué diría Berta, pienso. Y algo me responde. Siempre me responde. 

Tuve el privilegio de conocerla, nunca suficientemente,  y de tener un acervo amplio de sus reflexiones, de su profunda ética. Pasamos muchas horas de nuestras vidas en tierra común, Intibucá y La Esperanza, ésta última cuando era eso, verde, lluviosa, llena de sueños refundacionales que tenían gusto a cercanía; esa Esperanza a la que ahora cuesta llamar  con su nombre, por el rastro de muerte que le acompaña desde este marzo.

Cuando mejor me siento pienso que Berta ya tenía que irse porque en realidad  se le notaba la edad, y que ésta es otra de sus vueltas y  que en una de esas regresa como lo ha hecho antes.   No es que tuviera arrugas o grasa acumulada que no le importaba; no porque tuviera canas, que sí le importaba mucho; no porque estaba achacosa o sin energía como se cree de las mujeres mayores.  

Pero es que a Berta se le notaba la edad en ese modo de hablar desde su honda verdad comunitaria; ese decir cosas sin disculparse, pero sin destripar al adversario por el gusto de hacerlo,  lanzar argumentos, así de un solo como quien lanza una piedra y se baja el mejor mango del palo.  Esa manera de mirar y “columbrar” a la gente de un tirón …”mhhh esos compitas saben por dónde va la cosa” pensaba del movimiento universitario, siempre gaseado. Ese modo suyo de decir con sonrisa de cipota los más terribles avisos como… alistémonos porque estos nos quieren matar, ya van a ver. Con el asombro tan Berta para decir ante  problemas románticos: ¿En serio..y por eso se aflige?  ay no, mamita mejor comamos que ahorita hay que comer… Todo eso que constituye no sólo un boceto de ella y la nostalgia que me produce,  sino un modo de andar, camino de la ética, ahora que la política se pudre por igual a la derecha y a la izquierda de la razón hegemónica del poder, de cómo obtenerlo, cómo repartirlo, como gozar sus privilegios, razón de los partidos y los políticos pluricoloridos tan iguales en su denominación de origen.  

Se le notaban los siglos a Berta, en ese saber vivir a diario con la  testaruda rebeldía que embargaba todo como un huele de noche en la oscuridad; aroma que venía del fondo de los tiempos, y que ella andaba custodiando de fuego en fuego, aunque errara a veces donde ponía sus confianzas. Ella no necesitaba todas las respuestas, pero ensayaba muchas de ellas, y ahí residía parte de su fuerza, no tenía miedo a equivocarse, sino a dejar de intentar; a vivir sin ánimo para intentar en el ahora y aquí, en el adelanto de la buena vida que merecemos. 

Era muy mayor, sin duda;  al menos tendría 524 años, cinco siglos y pico de edad; ya había estado en cientos de batallas contra los imperios europeos, gringos, orientales. Había vuelto y revuelto pueblos y mujeres que se incendiaban a su paso y llamada, desde que caminaron su mundo quienes estrenaron el desgraciado olor a pólvora, y la traición de los propios allá en    en el Congolón, y siglos más tarde en su propia casa. 

Berta era antigua, y lo será, al tiempo que profundamente contemporánea. Mi imaginación de escritora feminista me guía, y en las madrugadas que finalmente pesan sobre mis párpados, la vislumbro entre niebla junto a los peñones de allá del occidente de este país, caminando y discutiendo con mujeres alzadas que hablan lenguas diversas, y  andan  con energía;  cruzando ríos a nado limpio con un tal Lempira, que la gente de las comunidades bien sabe que no sólo está vivo, sino que morirá hasta que la última lenca deje de luchar por la vida común.

Y así es como viene a responder a mucha gente en este mundo, entre imágenes, sueños, memorias de sus pensamientos comunes, colectividades en marcha, así viene a repetir apriétela, compa, que esto así es, porque su sabiduría es potente, suma y guía de muchas,  y  anda viva en la antigua tierra que nos contiene. 

Quienes la conocimos, bien lo sabemos. 

 

 

 

Melissa Cardoza 

Junio 2016

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Viernes, 29 Abril 2016 16:29

Flor de Azalea

No llegaba a los seis años, por ahí, chuña. Arrimada a una columna, o detrás del cuerpo de su mamá, Azalea me espiaba con los ojos brillosos de picardía y timidez. A veces se acercaba a mi silla y con su dedito seguía el contorno del brazo plástico, para arriba y para abajo, el otro dedo en la boca, los ojos mirándome. ¿Cómo dijiste que te llamabas? Azalea. Púchica, pero ese es el nombre más bonito que yo he oído. Y Azalea se reía con los pocos dientes de su edad. Sabés que hay una canción que tiene tu nombre. Negaba con la cabeza. ¿Te la canto? Afirmaba con la cabeza. Como espuma que fuerte lleva el caudaloso río, flor de azalea, la vida en su sorpresa te abrazó. Yo cambiaba la letra del bolero porque no le iba a enchutar tanto drama a esa pequeña.

Así por tiempos la reencontraba, siempre en la Utopía del COPINH, junto a su mamá que me ponía quejas de la escuela; otras veces la observaba chiroteando con sus amigas. Ahí llegábamos en bandas de gente, que una asamblea, que una ceremonia, una reunión o una fiesta. Ahí Berta, organizando, tomando café, jodiendo,  arengando. Ahí Azalea la observaba con los ojos bien abiertos porque manejaba carro como los hombres y hablaba duro. 

Azalea ha crecido. La encontré en la movilización de las mujeres lencas del COPINH, la toma del Ministerio Público, acto enérgico, arrecho de las hermanas de Berta. El más potente seguro hasta ahora. Las mujeres con sus voces, sus maneras de protestar, su fuerza y determinación. Ahí estaba Azalea sosteniendo una vara alta, es una adolescente, pero en su rostro vive la niña de Utopía. Qué andas haciendo, cipota, le dije, para bromear con ella. Pues aquí, luchando. 

Aquí, luchando, me cimbró por dentro. Después la oí hablar con la prensa, hablando de la compañera Berta, del COPINH, de su pueblo lenca, y más tarde en el encuentro de los pueblos. Escuché con atención su manera de decir fresca y resuelta como una nacencia de agua, o un brote de árbol. Sus palabras terrestres, precisas, sin aspavientos ni gritos, sin  palabras rebuscadas o discursos repetidos.  

Azalea, florecita del caudaloso río Gualcarque. La apedrearon cuando la delegación fue atacada por los cercanos a la empresa, ese día en que en el molote dividió el contingente entre los indignados porque no se les protegió suficiente y todo estaba desordenado;  y quienes comprendieron las vicisitudes que vive la gente en resistencia contra los emporios industriales, todos los visitantes sintieron en su cuerpo el miedo, conocieron el odio, la saña que persiguió a Berta hasta su muerte. 

En uno de esos largos caminos con los que anduve con Berta, suma de kilómetros por esta tierra, cuando reíamos, discutíamos, callábamos con las horas, y volviendo del entierro de un compa;  yo, presa de mi angustia clasemediera le decía que a ese paso nos íbamos a quedar sin la mejor gente de la lucha en este país. Y ella más experta que profeta me dijo, pues sí, matan primero a los mejores, para jodernos al resto;  pero así es esto, compa. Yo insistí, Berta, pero entonces quién va a cambiar este país, no es tanta la gente con esa determinación, sino no estaríamos así. Y me miró con esos ojos de daga que podía poner a veces, y alzó la voz: A usted que putas le pasa, colocha, la gente del pueblo es la que lo va a cambiar, la que siempre lucha, los hijos y las hijas del pueblo, los luchadores no se acaban, unos primero y otros después, pero con confianza, compa,  sino en qué estamos, para que hacemos todo lo que hacemos, pues. 

Aquí luchando, dijo Azalea, apenas una muchachita, con esa lenca sonrisa pícara con la misma que Berta me hubiera dicho, ve que le dije.

 

Melissa Cardoza, abril, 2016

 

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