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Radio Progreso
J Donadín Álvarez

J Donadín Álvarez

Escritor nacional

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Lunes, 04 Agosto 2014 16:21

El soñador

Las palabras son incapaces de dar una remota idea de la angustia que vivió aquel soñador en su lamentable espectáculo de dolor. Gemía mientras copiosas lágrimas corrían por su rostro al verse en el total abandono y con el alma hecha pedazos de la misma manera como su cuerpo había quedado después de aquella terrible tragedia.

Su cuerpo ya no respondería como antes. La sangre emanaba constantemente de su puño derecho mientras la que una vez fuera su mano se encontraba deshecha a unos pocos metros. Quiso correr hasta llegar al centro médico más cercano. Su angustia fue maximizada cuando se dio cuenta que tampoco tenía su pierna izquierda y que con enorme dificultad podía coordinar sus movimientos después de haber golpeado fuertemente su cabeza contra el suelo tras la caída sufrida desde las alturas en movimiento.

Como era un soñador viviente, pensaba que esta vez también se trataba de un sueño. Pero el dolor era tan real que le desvaneció toda duda. Ahora solo podría llamarle un sueño a su infundada esperanza de llegar a aquellas tierras lejanas donde –según se decía- en los árboles brotaban dólares en vez de hojas.

Convencido de su inevitable desenlace comenzaba a resignarse ante la situación. Ya no intentaba moverse ni acomodar su cuerpo que aún descansaba sobre los durmientes de ese gusano de hierro y del que acaba de derrumbarse.

Un rayo de esperanza alumbró por un momento la obscuridad de su tristeza. Un grupo de jóvenes arribaba donde él lloraba. Con un poco de esfuerzo lograba recuperar una parte de sus ánimos al suponer que se trataba de buenos samaritanos que llegaban a socorrerlo. Pero se equivocaba. Llevaban otras intenciones. El soñador estaba en un verdadero peligro; sus pocas pertenencias le fueron arrebatadas y junto con ellas, su vida. No fue necesario más de un disparo en la frente para que aflojara la única mano que le quedaba, del bolsón que sujetaba fuertemente tratando de evitar que le llevaran la fotografía de su familia, unos tratados religiosos y unos cuantos pesos para terminar la travesía.

Él ya no existe más que en la memoria del tiempo. Aquel ser humano que huía de la condena de convivir con la miseria, por las fechorías de unos cuantos ambiciosos de su país, había sido sentenciado por la fatalidad a una muerte prematura, alejado de su amado hogar. “La Bestia” le arrancó parte de su cuerpo y la despiadada conducta de un grupo de muchachos le extirpó la vida en menos de cinco minutos.

Sin embargo, su familia no lo sabe. La angustiada madre sigue rezando por la vida de su hijo, su esposa aguarda la esperanza de estar junto a él dentro de unos pocos meses y sus pequeñines todavía atesoran en su corazón las conmovedoras caricias de la –ahora inexistente– mano derecha de su difunto padre.

El día es opaco en complicidad con la aflicción de aquel soñador que, alejado de su tierra y de su gente, murió junto a su paquete de sueños por cumplir. A varios kilómetros de donde yace su cadáver, una mariposa negra ha entrado a la humilde casa de bahareque, donde reza una supersticiosa madre, como avisándole que ya el alma de su hijo había alzado el vuelo hacia las alturas de lo desconocido para los vivientes.

 



J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Viernes, 11 Julio 2014 11:05

Mi delito

Señor Juez, no es que yo desee irrespetar su autoridad pero le sugiero que dinamite esos brotes de fingida formalidad en este proceso previo a dictar mi sentencia. Para ahorrarle tiempo yo mismo le describiré lo que verdaderamente ocurrió.

Era un día aparentemente normal en mi pueblito “El Olvido”. Mientras yo recorría sus polvorientas callejuelas me encontré con una tropa de los guardianes de la violencia. Por el trato grosero que recibí de ellos es que hoy prefiero llamarles así, aunque algunos se hacían llamar policías, otros militares y un tercer grupo, cuya obsesión por el terrorismo me desorientaba, reunía los dos nombres anteriores y se denominaban policías militares.  Todos ellos me recibieron con un efusivo culatazo y me colmaron de caricias con toletes. Ante mi disgusto por aquel terrible baño de golpes se me respondió con una nueva golpiza tan severa que me dejó inconsciente hasta este momento en que me doy cuenta que estoy siendo procesado.

No entiendo porqué se me ha etiquetado de “prófugo de la justicia”. ¿De cuál justicia? Si de eso se tratara, yo no huiría de ella. Por el contrario, la buscaría pues la necesito con urgencia.  Pero no me venga con el cuento de que la maniática y compulsiva fabricación de leyes y normas de este miserable país está orientada a la aplicación de la justicia. Si éstas sólo son adaptables para unos, y no para todos, yo no puedo llamarle a eso justicia. Ese desenfreno normativo hace necesaria una purga a la legislación nacional pues en ella solo hay injusticia y de ese mal es el que yo, al igual que muchos más, me considero un prófugo. ¿Cree usted que golpearme salvajemente y arrestarme por ser un “rebelde” a las leyes se puede aceptar como justicia?

Se que usted no necesita una tonelada de neuronas para darse cuenta que he sido arrestado sin ningún motivo plausible. Se me acusa por denunciar las caducidades del sistema que me oprime; por declarar que en mi país se aplaude la picardía y se azota la honradez, y que se premia al corrupto mientras se ridiculiza al virtuoso.

¿Qué está escribiendo Señor Juez? Si no me equivoco usted ha contraído nupcias jurídicas con el soborno y se ha jurado una fidelidad con la injusticia, hasta la muerte. Además, parece que lo satura el prejuicio y desde ya se apresura para condenarme. Su mirada inquisidora hacia mi cuerpo lo puede mal aconsejar. No me juzgue por mi enjuto cuerpo o por lo irreverente que le resulten mis tatuajes, mis aritos o mi corte de pelo. Le diré que los verdaderos delincuentes usan saco y corbata, figuran en los medios de comunicación y son conocidos por todos, pero juzgados por nadie.

La prudencia ya me exige callar, pues en la abundancia de palabras sobra la invención. He sido breve y le he dado mi declaración respectiva, con el compromiso siempre adherido a mis principios de decir en todo momento la verdad. Por lo tanto, Señor Juez, le exijo me haga saber su veredicto y me esclarezca en que consistió mi delito.  

-Señor acusado, póngase de pie por favor. Todo cuanto usted ha expresado en esta corte refuerza mi veredicto final: Usted ha sido encontrado culpable. ¿Su delito?  …¡Ser pobre!  

 

 


J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Martes, 06 Mayo 2014 00:00

El exorcismo

El Santo Padre, de apellido Pueblo, recibió una llamada de emergencia mientras me atendía en su despacho. Alguien estaba a punto de sucumbir en su existencia y había solicitado la visita de una persona virtuosa y con una trayectoria de honradez demostrada para ver si podía socorrerle. El íntegro párroco siempre tenía un millón de razones para no atender el llamado de desconocidos pero le bastaba encontrar una para asistir a quien le necesitara. Como de costumbre, no dudó en brindar su refuerzo samaritano. Ya que yo estaba con él en ese momento, me invitó a que lo acompañase.

Su tristeza fue inmediatamente exteriorizada al ver el estado en que se encontraba el enfermo. Éste último yacía en las honduras de sus aflicciones al haber recibido el desalentador pronóstico por parte de los médicos sobre su desahuciada situación. Desde lugares lejanos se le habían enviado recetas económicas y paquetes ideológicos para levantarle los ánimos, pero todo había sido en vano. Por momentos experimentaba violentas sacudidas y sentía intensos dolores. Yo sin ser experto en dolencias sociales, me di cuenta que se trataba de síntomas de un golpe de Estado. El acongojado ser, vociferaba, además, suplicando extrajeran de sus entrañas algunos entes que le atormentaban. Los denominaba demonios –íncubos y súcubos-, a los que describía como los autores de la hazaña del subdesarrollo en el que había vivido, y como los manipuladores de su realidad, pues con el lustre de la diplomacia habían encubierto las colosales miserias y los perniciosos daños que le habían estado ocasionando a su cuerpo. Dijo que, en más de alguna vez, éstos habían salido a merodear el mundo transformados en mansas palomas para despistar a los incautos y luego regresaban para poseer nuevamente su cuerpo. El Padre Pueblo le dio el nombre correcto a los demonios del enfermo: “Se llaman políticos”, le dijo.

Acto seguido, se dispuso a comenzar con la purificación interna del tristemente poseído. Primeramente le recomendó bañarse todos los días en el arroyo del conocimiento y lavarse con el jabón de la humildad para evitar envanecerse como aquellos que se consideraban una fábrica del saber por el hecho de reproducir discursos inyectados con demagogia y escritos con la pluma de los doctores económicos, a los que llamaban Organismos de Financiamiento Internacional. También le obsequió algunas cápsulas del buen humor, para que las ingiriera cuando creyera que los demonios le pudieran arrebatar la paciencia con sus continuas payasadas mediáticas que tanta molestia le ocasionaban. Tampoco le aseguró que estos incitadores al mal desaparecerían de la noche a la mañana. Por el contrario, le dijo que sería un proceso gradual y que en la medida en que él fuese llegando a la pubertad política éstos se irían esfumando. Para aliviarle su dolencia económica, el Doctor Pueblo le quitó las cadenas financieras que lo maniataban a los postes de la deuda interna y externa de modo que por fin tuviese una existencia verdaderamente libre, soberana e independiente. Finalmente, le dedicó cuatro vigorosas palmadas en la espalda. Entretanto, el enfermo comenzó a secretar una especie de desechos radiactivos; logré distinguir, mientras caían al suelo, los gérmenes de la violencia, de la impunidad, de la corrupción, del fanatismo ideológico, del travestismo político, de la ignorancia, etcétera.

Afortunadamente, con el paso del tiempo, aquel melancólico viviente pudo recuperarse y vivir en completa paz.

Hoy he visitado su casa y uno de los cuadros que la decoran me ha llamado la atención por el mensaje que contiene: “Honduras; los demonios que hoy te poseen sólo pueden ser expulsados mediante la autoridad de tu pueblo”.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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