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Radio Progreso
J Donadín Álvarez

J Donadín Álvarez

Escritor nacional

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Lunes, 14 Septiembre 2015 12:41

Periodismo y sociedad

Una mentira repetida constantemente acaba por considerarse como verdad. Sin embargo, la mentira sigue siendo eso mientras que la verdad no dejará de serlo aunque pocos o nadie la crea.  Para desdicha de los amigos de la verdad muchas personas han hecho de la mentira su rutina y lo que es peor: se han vuelto ricos traficando con ella.

Lo anterior tiene especial relación con el papel que desempeñan los medios de comunicación en Honduras y la información que ofrecen a su audiencia. Durante muchos años se han dedicado a coquetear con el poder político, se han ofrecido al mejor postor y han encontrado la forma de enriquecerse como consecuencia de sus impúdicos servicios que tienen por hábito aplaudir la mentira y pisotear la verdad.  Esta última la han ventilado solamente cuando les ha convenido o cuando el dueño de cierto medio por alguna razón ha estado abiertamente en contra del gobierno o de  algún funcionario.

Algunos medios de comunicación ya no cobran por informar sino por callar. El simple hecho de no decirle la verdad al pueblo y quedarse en silencio es más fácil que la vociferación de una vil mentira. En consecuencia, el sistema político hondureño premia a los propietarios otorgándoles ciertos privilegios económicos o políticos. Otros medios han tergiversado el verbo “informar” y se han vuelto partidarios de la corrupción galopante en el país. De tal manera que los célebres personajes que el pueblo reconoce como consagrados ladrones son elevados de la noche a la mañana a la categoría de héroes y los oprimidos que reclaman en las calles por una vida más humana son satanizados. Sus titulares cuando de asuntos de corrupción se trata no conllevan otra finalidad más que la de acaparar audiencia para sus escándalos mediáticos que transmiten financiados por el gobierno. 

Aunque se considera que este problema de desinformación masiva es propio de los medios de comunicación de derecha tampoco los de izquierda están intactos de ciertas prácticas no del todo correctas. Paralelamente algunos medios de izquierda, aprovechando la indignación popular, han desarrollado un “populismo” informativo; una extraña mezcla de amarillismo, sensacionalismo y criticismo descarnado donde la intolerancia al oficialismo roza con la calumnia en no pocas ocasiones. Esta tendencia es más frecuente en aquellos canales con cobertura reducida y baja cotización comercial que procuran competir en audiencia con los todopoderosos medios de derecha. Es decir, la confrontación al gobierno obedece más a principios de ranking y aceptación popular que de verdaderas aspiraciones por  mantener un pueblo bien informado.

El daño que los medios de comunicación están provocando a la sociedad hondureña es enorme. Gracias al apoyo del poder mediático la actual tiranía azul ha logrado desinstitucionalizar el Estado, al margen de los preceptos constitucionales. Tales han sido los nocivos efectos que la otrora correlación de los tres poderes estatales se ha esfumado y hoy todos actúan al unísono bajo la voluntad de una persona a la que pocos consideran como su presidente.

Pero no se debe juzgar a los medios en general sin tomar en consideración el papel del periodista hondureño. Los hay tan éticos como deshonestos. Los primeros son aquellos profesionales que mantienen una conducta moralmente aceptable y a los cuales el micrófono o una cámara no les empañó el compromiso de servir al pueblo ávido de conocer la verdad. Algunos incluso arriesgan hasta su propia vida en el afán de interponerse al atropello que se hace desde el poder. Los de la otra línea son aquellos comunicadores sociales a los que las ligeras comodidades materiales que su profesión les puede ofrecer –a veces un cheque barato–  les desorientó la brújula social y se convirtieron en cómplices de la mentira.  

Un comunicador social que se pone de lado del poder sólo puede hacerlo por dos razones: en primer lugar porque es un sinvergüenza de pura cepa y toma su profesión como un mecanismo para recibir algunas prebendas. Esta gentuza se siente bien al conocer los actos de corrupción y obtener provecho material al  ocultar deliberadamente la información sobre lo que acontece en la administración pública; éstos son, pues, enemigos de su propio pueblo. En segundo,  están aquellos comunicadores  que siendo estudiantes de las Ciencias de la Comunicación soñaban con ser agentes de la información verdadera, no obstante,  al entrar al mercado laboral se dieron cuenta  que los empresarios de la comunicación tenían otros intereses que no calzaban con la ética que profesaban siendo universitarios.  Ante esto sólo les quedaba dos opciones: elegir la línea  política editorial del dueño y acomodarse para trabajar ahí; o escoger la verdad y permanecer desempleado o siendo parte de otro medio de comunicación de menor audiencia. La mayoría elige lo primero. 

A pesar de lo evidente que resulta la influencia que los medios de comunicación ejercen en la configuración del pensamiento político del pueblo hondureño poco se está trabajando para que el ciudadano promedio deje de interpretar su realidad sociopolítica expuesto a la recepción acrítica de influencias externas. Un cambio de pensamiento implica abandonar la devoción a los medios de comunicación con los que tradicionalmente se “informa”. El resultado será un pueblo pensante, o como se dice por ahí, un pueblo desapendejado. 

 

 

 

J Donadin Álvarez

Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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Miércoles, 05 Agosto 2015 15:11

El fin de las antorchas

Está claro que el reclamo ciudadano manifestado en las marchas de las antorchas es un asunto que trasciende a cualquier proyecto de activismo político de  los partidos de oposición. Se trata de un verdadero clamor del pueblo exigiendo al cachurequismo el cese de tanto saqueo a los fondos públicos y la transparencia en la gestión estatal.

Sin embargo, después de que la pandilla azul -y algunos vendidos de otros partidos políticos- pulverizara prácticamente, mediante argucias jurídicas, la lucha  del movimiento de los indignados al declarar nula la petición de  instalar una Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICI) la razón de ser de este movimiento social parece también haber desaparecido.

Probablemente las antorchas de los indignados serán apagadas muy pronto. En primer lugar, la lucha por la instalación de la CICI ha sido satanizada por el congrezoo y tampoco el Ejecutivo le dará seguimiento a esta petición. En segundo, a la tiranía azul, acostumbrada a soslayar el discurso popular,  no le significa ningún tipo de presión la simple argumentación incendiaria. El actual gobierno permite, con algunas restricciones, el discurso de rebeldía social de los indignados para presumir tolerancia pues está seguro que no hay acción decidida en ellos como para considerarlos una amenaza al actual orden de cosas. 

De manera que, la lucha indignada ha sido buena en sus intenciones pero no tanto en sus resultados. Aunque los indignados hablen del combate al neoliberalismo y al imperialismo yanqui esto no inquieta a los sectores más conservadores puesto que no se ha formulado ninguna alternativa que considere, ¿por qué no? la toma del poder. Aupar a las masas sin planificar la toma del poder es la receta para el fracaso de cualquier movimiento popular. Y esta parece ser la situación del movimiento indignado que ha convertido las marchas en una rutina insulsa, decorada por personas de respetable edad, pero plagada por jóvenes hormonalmente inquietos, revolucionarios de redes sociales y adictos a la fotografía de calle, sin que dentro de la dinámica de esta lucha popular estén engranados algunos proyectos  que contemplen la dirección del Estado por líderes que se hayan forjado en la verdadera lucha social.

Articular, pues, una lucha ideológicamente compactada es todavía una tarea pendiente para el pueblo hondureño. Hasta el momento una considerable parte de la lucha popular ha fracasado porque la dirección de la misma ha sido adjudicada a personajes de lamentable compromiso ético-social. Ya en el pasado se ha visto cómo ciertos caudillos que se preciaban de revolucionarios y con una actitud emotiva proponían la destrucción del sistema, pero que con el tiempo abdicaron de sus principios y su descaracterización los retrató como falsos revolucionarios, ansiosos por codearse con la burguesía y obtener de ella algunos privilegios. Ahora son diputados y alcaldes y contemplan a las bases desde la cima con un temor espantoso a la verdadera participación popular de la cual fueron abanderados en su momento. Se nutrieron de las masas, de la fortaleza de la lucha social   y luego se sometieron a una metamorfosis ideológica que los transformó de revolucionarios en enemigos de su propia gente.

Sólo la emergencia de verdaderos líderes ideológicamente comprometidos con articular nuevos reclamos en el seno de la marcha de las antorchas podría prolongar la vida de este movimiento de indignación popular. Por los momentos la llegada de la CICI a Honduras,  seguirá siendo un bondadoso anhelo pero no una realidad. Por lo tanto, el enfoque deberá ser hacia nuevas demandas que solamente mediante la presión de los indignados podrán ser cumplidas por la tiranía azul. 

 

 

J Donadin Álvarez

Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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Martes, 07 Julio 2015 12:10

Luces en Honduras

Hasta hace poco tiempo se creía que las posturas ideológicas de los hondureños eran irreconciliables y que por consiguiente estábamos condenados de por vida al divisionismo y la pasividad social frente a los abusos de los mal llamados padres de la patria. Sin embargo, el siglo de las luces -aunque con cierto retraso- parece que por fin ha llegado a Honduras y un pueblo entero ha comenzado a rendirle honor a la Razón. 

En nuestro país históricamente se venía arrastrando un problema  de corte filosófico y del que hábilmente habían estado sacando provecho unos cuantos oportunistas. Se trataba de un problema de uniforme ideológico.   El ciudadano se colocaba la camisa de un determinado color político y defendía a ultranza a sus diseñadores e incluso se negaba a dialogar con cualquier compatriota que utilizara un color diferente. 

¿Pero a que se debía este problema? El hondureño se adhería a cualquier ideología sin ninguna convicción, sino por emoción manipulada. Lo más terrible es que parecía que no le importaban las ideas de la corriente ideológica en la cual se encauzaba, sino que  su grupo llegase al poder aunque no recibiera nada a cambio del apoyo brindado una vez que sus venerados líderes lograran la misión para la cual él era indispensable. Su pecado mayor radicaba en que idolatraba a estos sus verdugos, estaba dispuesto a morir por ellos, y paradójicamente satanizaba a los verdaderos mártires de su pueblo, aquellos que habían ofrendado la vida en defensa de sus derechos tan pisoteados por quienes él defendía con tanto ahínco. 

Y es que los complejos de inferioridad que lo hacían sentirse inhabilitado para actuar en política, o por lo menos para ser un vigilante social, lo habían hecho víctima de una devoción sin límites hacia muchos ineptos quienes manipulando su conciencia se agenciaron  importantes cuotas de poder y se convirtieron en alcaldes, otros en diputados y unos hasta en presidentes. 

No obstante, ahora la historia es otra. El hondureño comprendió que eso de abrazar de manera irreflexiva al primer conjunto de ideas que le presentaba cualquier acalorado social, algún pseudo revolucionario, o uno de esos parásitos del oficialismo era un error gigantesco. Se dio cuenta de que lo estaban engañando inmisericordemente. Comprendió, asimismo, que Honduras necesitaba cambios profundos y que lograrlos no era un asunto de mera teorización ideológica sino de acción decidida, de participación masiva. Así las otrora infranqueables barreras partidarias que dividían  al pueblo hondureño fueron demolidas para darle paso a la unidad y a la organización para exigir el respeto a todos sus derechos tan pisoteados en las últimas décadas.

Aquél pueblo que antes gritaba, una y otra vez, frases hechas por oportunistas de los quiebres sociales o frases engastadas en la maquinaria mediática del oficialismo pero que jamás alzaba su voz para expresar su descontento vivencial, ahora ya no piensa igual. Este pueblo ya está iluminado. Las antorchas hoy irradian las calles de todo el país, sus luces han sido encendidas constituyendo una invitación para que todos encendamos la llama de la lucha y que juntos derroquemos a quienes por tanto tiempo nos han mantenido en la obscuridad mental, social y económica en pleno siglo XXI.   

 

 

 

J Donadin Álvarez

Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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Miércoles, 03 Junio 2015 11:22

CRISIS DE FE

La creencia en ciertas divinidades resulta inofensiva siempre y cuando ésta se limita al plano de la intimidad personal, cuando creer o no creer involucra únicamente una decisión personal. Pero cuando la creencia no es presentada como una opción sino como una imposición religiosa el asunto no puede ser interpretado de igual manera puesto que nos encontramos ante una tergiversación de la higiene mental, ante un acto de manipulación. 

En países como Honduras donde la pobreza material carcome los deseos de bienestar de su población la religión ha encontrado el terreno fértil para desarrollarse vigorosamente. Como un buen porcentaje de los hondureños abriga una esperanza de mejora, sino en esta vida por lo menos en la próxima, las promesas que la religión promueve sobre el bienestar a futuro encuentran eco en no pocos de ellos.

En consecuencia, la aceptación y amplia difusión del pensamiento de algunos “hombres celestiales”, pronosticadores de prosperidad no se ha hecho esperar. A cambio de pactos de fe, la incauta población ha interpreta  su existencia con ignorante devoción. La feligresía que llena los salones religiosos –y de paso los bolsillos de sus líderes– no parece percibir el chantaje, la manipulación, el engaño y el mercantilismo de la fe en esta teología de la prosperidad  que domingo a domingo le dosifican en cantidades cada vez mayores. ¡Con razón cada día proliferan las iglesias, los evangelizadores, pastores, apóstoles, profetas, etcétera.

Pero, ¿qué tan divinos son estos personajes de la fe? El intento de responderlo podría incitar a la censura. ¿Acaso no está prohibido cuestionar el íntegro accionar de estos consejeros del alma? ¿Cómo es posible dudar del intachable proceder de estos mensajeros del Cielo aunque aquí en la Tierra sean comerciantes prósperos, dueños de medios de comunicación y  empresarios florecientes? ¿No es de todos sabido que la exigencia de integridad y transparencia financiera dentro de sus iglesias constituye un pecado imperdonable?

Está muy claro que las prácticas cotidianas de los embajadores celestiales se muestran despojadas de cualquier aditamento ético y el carácter que las distingue es tan doméstico y terrenal por más que se precien de muy divinos. Su proceder revela que lo más importante para ellos es la acumulación de bienes y que la pobreza de la mayoría  la explican como un resultado de la falta de fe en “el dueño del oro y la plata”. En otras palabras, para estos mercaderes la pobreza es el patrimonio de la feligresía mientras la holgura material es la conquista de la alta jerarquía eclesiástica. A fin de cuentas, dicen ellos, ya lo sentenció Jesucristo: “A los pobres siempre los tendréis”. ¡Vaya interpretación!

Desde luego, la conversión de la fe en un negocio lucrativo no es propio de las mentes que con ingenua sinceridad se han adherido a una creencia. No, este es un proyecto elaborado por las mentes más corruptas del país que tienen mucho que ver con el poder vertical que se ejerce desde allá arriba, o sea desde el Estado en complicidad con algunas entidades religiosas. Los eventos artísticos pagados, las ofertas de bendiciones, las unciones o pactos condicionados  con cantidades de dinero o apoyo electoral a ciertas líneas ideológicas tienen una estrecha relación con el deseo de mantener sosegada a una población, acrítica y sin capacidad de sublevación contra la dominación de la que es objeto y que casi no logra percibir.  

Considerando todo lo anterior, se puede afirmar que la religión practicada en Honduras es dañina porque no es nada consecuente con sus postulados. Su ética y los beneficios  de practicarla son de acceso limitado, particularizado, estratificado y selectivo. Y si no se presta para generar un ambiente de igualdad y de mejoría en las condiciones de vida de sus devotos es evidente que se trata de un magno negocio  de la élite o casta sacerdotal moderna y no de un proyecto divino.

 

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Martes, 05 Mayo 2015 10:46

Revolucionarios de cartón

Hablar o escribir en nombre de los pobres vuelve popular a quien lo hace. Nada mal si se tiene pretensiones electorales o hambre de gloria barata. Y parece que esto lo entendieron bien muchos políticos incipientes que se presentaron como mesías de los pobres previo a las elecciones del 2013. Sin duda, aupar las masas en contra del sistema neoliberal fue una estrategia que les dio buenos resultados pues la mayoría obtuvo un cargo en la administración pública.Conviene, sin embargo, advertir que más allá de la arenga incendiaria y la retórica defensora de los desposeídos su finalidad no fue otra más que la del marketing ideológico y la promoción de su perfil como hombres de revolución.

Y es que después del golpe de Estado el anti neoliberalismo se volvió una moda ideológica. Como el país se anquilosó en una  severa crisis económica, la tendencia de considerar al neoliberalismo como el principal productor de miserias tuvo un eco nunca antes visto en la hondureñidad. 

Así las cosas, para los embaucadores resultó relativamente fácil agenciarse notoriedad orgasmando el oído del pueblo con  el discurso   anti imperialista, anti globalización y anti neoliberal. Aprovechando el quiebre constitucional del momento criticaron al sistema y prometieron que al llegar al poder la refundación del país sería un hecho. Pero la emotividad y la finalidad que los impulsaba no podían ser coherentes con su filosofía de vida porque ellos no estaban sinceramente comprometidos con las causas que decían defender. Simplemente anhelaban visualizarse rebuznando frases impulsivas en las manifestaciones populares, en las redes sociales y en los diversos medios de comunicación.

Los seudo revolucionarios cumplieron su cometido. Se convirtieron en nuevos actores del teatro político y se hicieron llamar “oposición”. Pero, los mismos que en su momento criticaron al sistema por su carácter de exclusión,  ahora sueñan con él y viven en función de la inclusión dentro de él. Hoy gobiernan de arriba hacia abajo. Sí, ellos los que se autodenominaron “insobornables” ahora se sientan a negociar con los “corruptos vende patria”. Ya apoyan leyes que antes eran lesivas pero que ya son buenas porque ellos las revisaron. Los antisistema hoy colaboran por reforzarlo.

¡Ah, revolucionarios de cartón! El tiempo los desenmascaró y los descubrió en la magnitud de su dosis fabularia.  Ególatras, narcisistas, que se alimentaron del clamor popular para lograr ambiciosos intereses personales. 

No obstante, el pueblo ha madurado y tendrán que pagar la traición a la devoción con que les trató. ¡Hey revolucionarios de cartón! ¿Qué piensan apoyando tendencias reelectorales propuestas por sus archienemigos? ¿Acaso creen que sus electores los premiarán nuevamente? Volver a elegirlos no es propio de las mentes maduras. Y el pueblo hondureño ya no es el mismo.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Lunes, 06 Abril 2015 15:37

Hablando de clases sociales

Es una obviedad que las sociedades están estratificadas, incluyendo  aquellas que se precian de muy equitativas en el marco de los modelos económicos anti neoliberales. Así pues, clases baja, media y alta pueden percibirse en cualquier latitud del planeta independientemente de la configuración sociopolítica. 

En Honduras, de igual manera, fácilmente se puede distinguir esta tríada socioeconómica. De la clase alta se sabe que históricamente ha venido controlando la producción y la política nacional manteniendo un sólido anclaje en las instituciones financieras globales ajenas a los intereses de la mayoría que puebla este país. Esta clase, pues, ha permanecido con el dominio absoluto de las clases baja y media a pesar de estar conformada por un grupúsculo de personas con apellidos impronunciables pero con un patrimonio exorbitante que sobrepasa el capital reunido de las dos clases restantes.

Sin embargo, la clase alta no lo es todo. Si bien, su hegemonía ha estado asentada en su fortuna, la clase media,  justo debajo de ella, le ha colaborado al ejercer el  papel de legitimador del sistema. Los viajes al extranjero, los bondadosos salarios, la participación en la vida pública, entre otros, han sido parte de los privilegios que la clase media ha recibido de la clase alta por su colaboración. 

Empero, en los últimos años algo no ha estado funcionando de manera correcta. A partir del 2009, fundamentalmente, el matrimonio ideológico que la clase media había mantenido con la clase alta comenzó un irreversible proceso de divorcio. ¿La razón? La crisis económica que desde el 2008 azota al planeta y que en Honduras se vio agudizada con el golpe de Estado acabó orillando a dos millones de personas del núcleo económico  y los lanzó inmisericordemente a la clase baja. Sin duda, este trauma que sufrió la clase media fue muy fuerte, mucho mayor que para la clase baja ya casi habituada a la miseria a la que ha sido condenada por la clase alta en complicidad con la media que ahora también atraviesa una crisis terrible a pesar de que se niegue a exteriorizarla.

Ante este desequilibrio la acción política deberá ser clara: legislar para todo el país pero buscando la inserción de estos dos millones –más si es posible- a la clase media a través  de estímulos e incentivos pues esta clase es la que genera opinión, la que orbita en el mundo político y empresarial. No hacerlo significaría aumentar su desencanto y por consiguiente  generarle mayores complicaciones a la salud económica del país. 

Hasta el momento nada indica que se está trabajando por solucionar este proceso de pauperización. En el terreno político los partidos tradicionales parecieran no reconocerlo. Siguen dirigiéndose a una inexistente clase media a la que consideran su caudal electoral. El partido Liberal aún adolece en su golpe y no interpreta con claridad de criterio la situación. Y el partido Nacional por su parte es el que se muestra menos comprometido. Aunque posee el poder se manifiesta incapaz de construir una alternativa incluyente. Por el contrario, en sus entrañas se articulan los más excluyentes proyectos y  afloran los atisbos de continuismo que por más que estén adornados con fuegos artificiales la mayoría excluida no aprueba. La “alternativa” propuesta por los nacionalistas no es sino un mensaje débil que deja entrever las ambiciones de sus “monarcas” quienes han creído que el Estado les pertenece y que ellos constituyen la panacea para los males de los hondureños.  Habrá que decirles que Honduras afronta problemas sistémicos, no electorales.

En el terreno de las expectativas rotas sólo PAC y LIBRE muestran una mejor lectura. La clase media, empobrecida, que se siente defraudada, que opta por lo diferente en lugar de seguir apostando por lo mismo, se ha adherido con cierta devoción casi religiosa a estos dos partidos.  De manera tal que el futuro político de estos dos partidos estará determinado en función de su propuesta hacia la clase media.   

Quizá nunca antes había sido tan necesario valorar la situación de la clase media.  De su encumbramiento socioeconómico depende, en buena medida, la salida del atolladero económico en el que se encuentra el país. 

 

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